Yuca

 

Vengan a reunirse y a bailar en este local.

Yuca
A ritmo de salsa. Foto: Alex de Mateo Acosta
 

Por Manuel Eduardo Soto

Son hombres y mujeres altos, bajos, gordos, flacos, rubios, blancos, pero todos se reúnen los viernes y los domingos en el salón de fiestas del restaurante Yuca de Miami Beach con un solo fin: aprender a bailar salsa, perfeccionar sus pasos en la pista, o simplemente mirar a los alumnos de la academia de baile Salsa Mía que luego se quedan en la fiesta hasta altas horas de la madrugada.

Mientras por las bocinas se escuchan discos de El Gran Combo, Celia Cruz y Willy Chirino, y cada una de las parejas que repletan la pista del local situado en el segundo piso del famoso restaurante de comida cubana practica lo aprendido, la directora y propietaria de tan singular escuela, Susan Fisher, se desplaza por todos los rincones para cerciorarse de que todo esté bien, y de paso para bailar con algún alumno que no tenga pareja en ese momento.

''Esta noche tenemos unas 80 personas en el salón'', dijo Fisher. Un pase por una noche cuesta $40; por dos noches, $50, y $100 por cinco noches. También se puede firmar contrato por 20 horas de clases privadas o en grupo o si uno resulta un alumno aventajado sólo paga por 10 horas, pero tal vez le baste con cinco horas. Hay diferentes tarifas según lo aventajado que sea el alumno o alumna.

La noche del domingo llamaba la atención una rubia espectacular con un vestido de seda transparente que no dejaba prácticamente nada a la imaginación. Tamaña sorpresa fue saber que se llamaba Catherine Ivanova y que había llegado recientemente de Moscú para aprender a bailar mejor la salsa, a pesar de que por sus sensuales movimientos muchos podrían confundirla con una caribeña de cuerpo y alma. ''Me encuentro de vacaciones aquí en Miami'', dijo en una pausa que hizo para tomar aliento, pero sin perder la sonrisa en ningún momento. ``La salsa la conocí en Moscú a través de unos amigos latinoamericanos. Pero siempre que vengo a Miami, aprovecho para perfeccionarme''.

Y nadie puede dudar de que a cualquiera le gustaría entablar amistad con esta rusa tan alegre y simpática, ya que a ninguno de los varones que la invitaron a bailar les dijo que no. Uno de los bailadores que tuvo oportunidad de bailar más de una pieza con ella fue Wes Barnes, un traductor del tailandés y el laosiano al inglés, de unos 70 años, que según contó hace cinco años que concurre a Salsa Mía ``por orden del médico''. ''Mi médico me recomendó que hiciera ejercicio para mantenerme bien físicamente y por eso vengo a bailar salsa aquí, a Yuca, en lugar de montarme en una bicicleta estacionaria, como lo hacen los viejos'', dijo en alta voz para poder superar los decibeles que invadían la sala.

``A mi esposa no le gusta bailar, así que vengo solo. Ya pronto me voy a jubilar y pretendo irme a vivir a Bangkok, donde no dejaré de hacerlo porque allí también se baila salsa''. Los alumnos reciben lecciones de expertos hasta las 11:30 de la noche, los viernes o los domingos, después de lo cual el sitio se convierte en discoteca, donde todo el mundo puede disfrutar por igual de los bailes tropicales. Algunos de ellos se solazan sirviéndose los variados tragos del bar del salón y otros prefieren bajar al comedor del primer piso, donde pueden degustar exquisitos platos cubanos como la clásica ropa vieja y otras especialidades de la exquisita mesa cubana, pero con un toque gourmet que los diferencia de los que sirven en cafeterías y restaurantes familiares de la ciudad.

Otro aspecto positivo de Yuca es que a pocos pasos están los estacionamientos municipales que les permiten a sus parroquianos dejar sus automóviles sin el peligro de que queden a merced de imprevistos. Una mujer ya madura entró al local en medio de la clase, se sentó tranquilamente en un sofá, abrió su cartera, extrajo un par de zapatos cerrados con los que reemplazó los que traía, que no tenían talón. Se paró y raudamente se sumó a los bailadores de la pista, moviendo los pies al ritmo de Azuquita p'al café, de El Gran Combo. Fue una de las últimas en irse con su pareja, satisfecha de la jornada salsera.

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