VIP por un alto precio

 

El atractivo de estos enclaves VIP de South Beach con cordones de terciopelo rojo puede ser tan fuerte como para intoxicar.

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Samantha Bearden sirve tragos a sus amigos en el Club Shore en Miami Beach. Foto: Cheryl A. Guerrero
 

Por Lydia Martin

Domingo por la noche en el Skybar del hotel Shore Club, un par de amigos de Indianápolis está haciendo realidad el sueño de South Beach. Están en la sección para VIPs con sus atractivas rubias acompañantes, con una botella del tantas veces mencionado en la música hip-hop, Cristal, y otra de Grey Goose sobre su mesa.

Están gastando más de $1,400 por el servicio de botella que les garantiza la entrada a los salones para VIPs de la mayoría de los clubes en South Beach. El atractivo de estos enclaves con cordones de terciopelo rojo puede ser tan fuerte como para intoxicar. Pero hay un problema: Cuando llega la cuenta, la vida de alto vuelo puede llegar a su fin con el shock de los precios de la tierra de los clubes. Añádase el alcohol, y las disputas por las cuentas pueden acabar mal.

La cultura de los salones para VIPs estuvo bajo escrutinio a principios de el mes de marzo después de que tres personas que accedieron a comprar una botella de vodka para poder sentarse en la sección de VIPs en Mansion, 1235 Washington Ave., fueron agredidos por un equipo de "gorilas" cuando se negaron a pagar lo que consideraban una cuenta inflada.

"En la mayoría de los clubes, aun antes de que uno reciba su primera botella, éstos ya han verificado su tarjeta de crédito para asegurarse de que tiene fondos", asegura Gerry Kelly, director de mercadeo de The Fifth, un lujoso club en 1045 Fifth St. "Esto elimina el 99 por ciento del problema. Aunque, a veces, no falta un cliente que se excede pidiendo demasiado, hasta que su tarjeta de crédito es rechazada. Ellos son humillados frente a sus acompañantes, y ahí es donde comienzan los altercados".

Desde hace mucho ha habido quejas de los clientes de los clubes sobre cuentas exageradas y cantidades de consumo mínimo fijadas arbitrariamente. Pero algunas veces el impulso de imitar a Diddy, Paris y compañía es incontrolable.

"Estamos de vacaciones en South Beach. No nos importa lo que gastemos", asegura Jeremiah Hammon, de 39 años, un administrador de restaurante de Indianápolis celebrando en el Shore Club. "No somos nadie, pero eso no lo sabe nadie aquí".

BASTA UNA TARJETA DE CRÉDITO

Efectivamente, en los primeros días del renacimiento de South Beach, cuando llegaban las superestrellas y los miembros del jet-set, uno tenía que ser -o conocer a- alguien para poder entrar a los más codiciados salones para VIPs. Ahora, sólo se necesita una tarjeta de crédito que no esté demasiado cerca de su límite de crédito.

"Si los hacemos comprar cuatro botellas y ustedes son sólo cuatro personas, tengan la seguridad de que no los queremos aquí", comenta el veterano promotor de fiestas Tommy Pooch, quien, con su socio Alan Roth, es responsable de las repletas noches de martes en el Delano y los domingos en el Shore Club. "Es probable que ustedes no sean atractivos. Esperamos que ustedes simplemente se vayan. Pero si ustedes están tan desesperados por entrar que aceptan comprar las cuatro botellas, entonces no nos queda otro remedio que aceptarlos".

Mientras Pooch habla desde su mesa de VIP en Skybar, él saca de su bolsillo una tarjeta que dice "botella de cortesía y se la entrega a un asociado que ha visto a un grupo de muchachas aburridas cerca del bar. Ellas son un grupo de largas piernas en pantaloncitos muy cortos y minifaldas. Un gran atractivo para los hombres gastadores. Las muchachas son llevadas a una mesa para VIPs cerca del frente.

"Con eso las tenemos a la vista por un par de horas", dice Pooch.

En una cultura de las etiquetas de diseñador en la que la imagen lo es todo y el ego supera a la moderación, los propietarios de los clubes no se echan para atrás con los precios que establecen.

"Uno no paga por las botellas sino por el territorio", asegura Eric Milon, copropietario de Opium Group, que opera los clubes preferidos por las celebridades Mansion, Set, Privé y Opium Garden.

Milon no comenta sobre el incidente de abril en Mansion, pero dice que en todos los clubes de Opium Group, los precios de las botellas están detallados en los menús que permanecen en las mesas, así que no debería haber sorpresas al final.

Aun así, algunos clientes seguirán quejándose, agrega Kelly, que ha ayudado a administrar varios importantes clubes de la playa, incluyendo Liquid, Bar Room y Level.

"La mayor parte del tiempo, es debido a que las personas no leen la parte donde se menciona que se agrega los impuestos a las ventas, al turismo y las propinas", explica Kelly. "Eso es 29 por ciento más. El cliente ocasional discutirá esa cuenta".

La mayoría de los clubes tiene políticas establecidas sobre cómo proceder cuando un cliente se pone agresivo.

"Si alguien se pone violento o está ebrio, uno se los lleva de inmediato de la pista de baile o fuera del salón para VIPs de manera que se evite la posibilidad de que se lastime a otros clientes", dice Kelly. "Uno saca al cliente violento... o, si se niega a pagar la cuenta, uno los lleva a la parte trasera -uno nunca los golpea- y luego llama a la policía.

EL CUELLO DE UNA BOTELLA

Por lo general, los clientes están contentos de pagar por el privilegio de llamarse a sí mismos VIPs.

"El cuello de una botella asomándose de un balde en su mesa es lo único que se necesita para que se sientan importantes", comenta Pooch.

De hecho, optar por el servicio de botella puede tener mucho sentido: Al aceptar comprar una botella uno consigue pasar los cordones de terciopelo en la entrada. Y con los cócteles de $13 a $15 cada uno, usted y sus acompañantes podrían gastar más pidiendo tragos en el repleto bar del club que con una botella de vodka de primera -traído a su mesa con los acompañantes de cortesía- por unos $300.

Además, ahora usted ya está en la codiciada sección de ingreso restringido en donde podría estar junto a celebridades y peloteros en su peor comportamiento. Usted está sentado a una mesa en lugar de pasar la noche de pie. Y, al menos por una noche, puede hacer de cuenta que es un jugador. (Un consejo para los amigos de Indianápolis: Tomar fotos de su botella de Cristal los puede hacer quedar muy mal).

Romy Grantley, de 39 años, un corredor financiero que se mudó de Londres al sur de la Florida hace sólo unos meses, nunca se pierde los viernes en la noche en Set, 320 Lincoln Rd. Set aplica el requisito de comprar botellas para casi todas las personas que entran.

"Gasto unos $3,000 todos los viernes en tres o cuatro botellas", comenta Grantley. "Usualmente divido la cuenta con un amigo. Vale la pena... No existe otro mejor lugar en el mundo. Ni en Ibiza. En ninguna parte. Cuando comencé a venir, nadie sabía quién era yo. Ahora, como tengo mi propia mesa, soy muy bien conocido en el mejor club de la playa".

Mayormente son los hombres los que compran las botellas. Las mujeres que ya conocen el ambiente entienden que si son atractivas, si muestran suficiente piel y van en grupos, probablemente serán invitadas a entrar sin tener que pagar ni tener que entregar una tarjeta de crédito para asegurar el servicio de botella.

"Las chicas sólo compran botellas cuando vienen para las despedidas de solteras o algo así", asegura Michael Capponi, el promotor responsable de las exclusivas noches de viernes en Set.

Tayo Otiti, la anfitriona de VIPs de las fiestas de martes por la noche en el codiciado Florida Room del Delano, se dedica a ofrecerle más de lo que usted compraría cuando llega a los cordones de terciopelo fuera del hotel. Tal vez uno sólo desea comprar un par de cócteles del bar.

"Tal vez ni se le permita entrar", explica Otiti. "Así que yo podría llamarlo a un lado y decirle que si acepta gastar un mínimo de probablemente $400, pudiese dejarlo pasar a la sección para VIPs. La verdad es que muchas personas están muy dispuestas a gastar mucho más que eso. El otro día, vino una celebridad -no puedo mencionar su nombre- que gastó $27,000".

LA BATALLA DE LOS EGOS

Si se queda hasta muy tarde en un club, podría presenciar cómo los egos pierden el control. Mientras más se emborrachan los mayores gastadores, la competencia se hace más intensa.

"Un tipo en la mesa vecina comienza a pedir botellas tamaño mágnum de champaña, así que repentinamente uno las pide también", comenta Vanessa Menkes, publicista del Opium Group. "Uno ve que las botellas vienen y vienen mientras los tipos tratan de superarse unos a otros".

En los clubes de Opium Group, las disputas de champaña pasan al primer plano debido a que las botellas más caras vienen ($600 y más) vienen con fuegos artificiales.

Pero aún sin los fuegos artificiales, los clientes se ponen muy competitivos. "La otra noche en Mokai, este tipo compró cuatro o cinco botellas de champaña, y el tipo en la mesa vecina... pidió 10", relata Pooch. "Pagó más de $6,000 y no tenía suficiente gente acompañándolo para tanta champaña; llegó al punto de regalarlo a cualquiera que pasara cerca".

'REVISE SU CUENTA'

Pero no todos los que van a celebrar en la playa son tan impetuosos.

"He estado saliendo menos, debido a que uno se cansa de que lo estafen", asegura el ingeniero industrial Felipe Cheverría, de 28 años. "En todas partes uno tiene que revisar cuidadosamente su cuenta. Estaba con unos amigos en un club de Ocean Drive, donde nos convencieron de quedarnos porque tenían precios de happy-hour. Cuando nos trajeron la cuenta, era $120 más de lo que esperábamos. El administrador nos informó que cuando el lugar comienza a llenarse ellos comienzan a cobrar más. Por supuesto, nadie nos dijo nada hasta mucho más tarde".

La diversión siempre termina más tarde.

"En realidad nunca me han cobrado en exceso en ningún club", asegura Oscar González, de 23 años, editor de posproducción de Canal 7. "Pero algunas veces la cuenta es mayor de lo que uno espera, debido a que uno deja que otras personas tomen el control de los pedidos. Uno vive el momento y se olvida de darse cuenta de que al final va a tener que pagar".

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