The Fifth

 

Cuando todos los ingredientes de cualquier fórmula se combinan armoniosamente para proporcionar una experiencia sublime, el resultado no falla.

The fifth
Una camarera sirve tragos. Foto: Alex Mateo de Acosta.
 

El éxito de cualquier lugar de diversión depende de muchos factores que siempre son un misterio. Quienes han vivido en South Beach desde que comenzó este furor recordarán que en la mismísima esquina de la calle 5 y la Lenox hay un edificio cuya fachada ha tenido por maquillaje muchos colores y por bautizo muchos nombres, y que pasó a engrosar hace algunos años la lista nostálgica de los "ayer maravillas" después de su última incursión como el centro nocturno Cristal. ¿Por qué? Nadie se lo explica. La localización es perfecta y el parqueo no es un problema.

El edificio fue transformado en un club de dos plantas con balcones que cuelgan del segundo piso, desde los cuales se puede observar con binoculares y todo el colorido espectá***** humano que se desata a medida que la noche envejece a golpe de champaña "la viuda" y los cuatro candelabros que adornan el techo suben y bajan a la par de un caballo blanco situado en el centro, creando la ilusión que, de repente, se cabalga en el carrusel para adultos de un parque de diversiones en otro planeta, con fondo musical a base de rock, house y hip hop, y en donde se planea preparar unos cocteles esotéricos por el valor de $100. Ah, y si nota que el maquillaje no va bien con la iluminación, o el peinado se le arruina, en el beauty parlor del cuarto de los espejos, expertos de belleza hacen magia. Señoras y señores, les presento al Fifth, el nuevo fab, super lounge de South Beach.

Oliver Geddes, el dueño, quien también puede alardear de los lounges/ clubes más sonados en Toronto - The Easy, Money y This is London- conoce el negocio como la palma de su mano y ha comenzado en esta esquina su sueño de abrir este tipo de centros intoxicados de energía en varias partes del mundo.
En el centro del lounge, el feeling esel de una casona con pisos de madera y lujosos y gigantescos sofás de piel donde se baila o se descansa a la tenue luz de las velas, los candelabros y el pestañeo que producen las sensuales imágenes que se proyectan. La cabina minimalista del DJ, construida en plástico transparente y equipada con un sistema de sonido muy nítido, está colgada en uno de los laterales del salón, cual púlpito religioso.

Es en este pedestal donde se mezcla el goce de la noche para lograr un popurrí de ritmos variados que no se dilatan mucho para evitar que se tornen monótonos. Los reservados con servicio en las mesas están separados por vallas de bambú para el disfrute de la privacidad.

Pero si de privacidad se trata, nada mejor que los penthouses del segundo piso, desde donde se puede acechar -como lo hubiera hecho la controversial Gertrude Stein o el lujurioso Casanova- a las víctimas de esa noche. El penthouse A, herméticamente cerrado, con entrada secreta y elevador privado para proteger a los ricos y famosos de los paparazzi, es acogedor lo mismo para una pareja que para 15 personas y está equipado con un refrigerador lleno de paletas de helados Dove para calmar los estragos del alcohol. El B tiene capacidad solamente para ocho personas, pero viene con todo y una cama, por si se saturan las pasiones. Y el C no se queda atrás con su minibar, la mejor vista a la redonda y, al igual que en los otros, se controla el volumen de la música mientras se charla.

"¡Esto es lo más grande!", exclama Félix Velásquez, un invitado de la noche de apertura. "Me siento como Charlie en la fábrica de chocolates".

Cuando todos los ingredientes de cualquier fórmula se combinan armoniosamente para proporcionar una experiencia sublime, el resultado no falla. Oliver Geddes, también productor general del Fifth, con la colaboración de Jochy Ortiz y Javier Parra, ha dado señales muy acertadas de conocer la clave para resolver el acertijo: exclusividad y buen gusto.

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