Tap Tap

 

Un restaurante popular, galería de arte, embajada sin diplomar y punto de encuentro de los que han aprendido a mirar a Haití más allá de los titulares.

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Emmanuel Merisier en Tap Tap de Miami Beach. Photo: Alex Mateo de Acosta.
 

Por Eliseo Cardona/El Nuevo Herald

Una amiga haitiana suele decir que la visión que tienen los extranjeros de Haití es tan pobre como el país. Lo dice sin un trazo de amargura, pero con el talante persuasivo de los que hablan para que no queden dudas sobre el peso de sus palabras. Esa visión, en efecto, nunca ha sido feliz, y en muchos casos está intervenida por lo que el novelista haitiano Jacques Stephen Alexis, autor de la imprescindible Compe`re Général Soleil, llamó ``el espíritu de un exotismo trágico''.

No sé si eso explique que cada vez que visito el restaurante Tap Tap, una institución gastronómica en South Beach, procuro no sólo alimentar el apetito que estimula su extraordinaria gastronomía sino la curiosidad por su cultura. Esa, sin duda, fue la idea de la documentalista Katherine Kean al inaugurar este espacio en el 819 de la Calle 5 de South Beach, en 1994. De ahí que Tap Tap se haya convertido con el tiempo en restaurante popular, galería de arte, embajada sin diplomar y punto de encuentro de los que han aprendido a mirar el país más allá de los titulares.

``Todos los que vienen a este local, haitianos y no haitianos, aman a mi país por las cosas que valen: la cultura, la nobleza de su gente, el espíritu de lucha, la comida'', dice Vincent Laval-Batiste, taxista y frecuente visitante de Tap Tap. ``A los que no conocen mucho sobre Haití se les despierta el amor tan pronto cruzan la puerta''.

Esta noche de viernes en que llego hasta él, hay otro motivo para cruzar la puerta del Tap Tap: la Fet Gede, una fiesta en recordación de los muertos. Se trata de una fecha importante que, al igual que otros pueblos de origen africano del continente americano, los haitianos celebran con una encendida rumba que es parte improvisación, parte liturgia y parte sabrosa jodedera. Ese ritual de lo sagrado que deviene vacilón del espíritu y gozadera para el cuerpo honra el pasado a fin de entender mejor el presente y estar preparado para el futuro.

Pero una explicación más poética la ofrece el trovador haitiano Manno Charlemagne, uno de esos personajes que ameritan un artículo completo, acaso una novela. ``Es una celebración para que los muertos sigan vivos en la memoria de nuestro pueblo''.

Con su voz de tenor y mucha experiencia de músico y luchador que ha visto tiempos buenos y otros que más vale no recordar, Charlemagne va dando rienda suelta a su imaginación en una pasarela de canciones que se organizan en sincopados coros e improvisaciones y que tienen mucho de parentezco con la rumba, la columbia y el guaguancó cubanos. O, como dice una mulata habanera que pasa por haitiana en el grupo de bailadores: ``No sé tú, pero esto es música de solar''.

Y tiene razón, porque lo que escucha es música de negros. Que cambien los acentos y la geografía no le resta fuerza rítmica al espíritu de la música.

Claro que vale apreciar en estas caras que se han juntado para cantar en creole un cruce celebratorio del mestizaje: negros de ojos verdosos, mulatos de piel canela, trigueñas con aires de reina. Es un mosaico que sin duda movió al compositor puertorriqueño Tite Curet Alonso a escribir unos versos hermosos: ``Por eso vivo orgulloso de su colorido,/ somos betún amable de clara poesía...''.

Pero el Tap Tap es sobre todo su gastronomía, cuya reputación le ha permitido al local permanecer fuerte en una zona donde los restaurantes van y vienen como los trapos de la moda. ¿El secreto? Nadie de la gerencia suelta prendas. Sin embargo, no hay que ser un experto para darse cuenta de que se trata de comida como hecha en casa. El menú lo dice todo: sopas de calabaza y garbanzos, carne de chivo en salsa, pollo guisado, camarones en salsa de coco, arroces, ensaladas donde predomina el aguacate.

``Oh sí, aquí te comes además el mejor pargo del mundo'', aclara Tom Regula, un galerista y empresario de North Miami Beach que no para de hablar sobre los murales de Wilfrid Daleus. ``La comida caribeña es un universo, pero la haitiana es otro mundo, como el arte que ves en este lugar''.

En el bar, los pedidos de mojitos tienen su propia música. Son voces en las que se mezclan el español con el inglés, el inglés con el creole, o el creole con el francés. Algunos hablan sobre política; otros sobre un festival de kompa en Nueva York; otros más sobre la hermosa noche para estar con los amigos.

Frente al local, el tap tap (un bus tan emblemático como la chiva colombiana) llama la atención de todo el que pasa. Algunos, al escuchar la rumba haitiana, entran para curiosear primero y luego sumarse a la celebración. Todo el que queda seducido por la música descubrirá tarde o temprano que en la fiesta de los muertos más vale dar gracias por estar vivo.

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