Tango en Lincoln Road

 

Los jueves por la noche puedes bailar tango debajo de las estrellas en Lincoln Road.

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Por Ruth Morris

Si recientemente has ido de paseo por Lincoln Road los jueves por la noche, te habrás encontrado con parejas bailando tango debajo de las palmeras y girando entorno a la brisa marina. Esto gracias al instructor de tango, Ney Melo y su pareja de baile y novia Jennifer Bratt. Como originales de Nueva York, ellos estaban familiarizados con las milongas al aire libre en Central Park. Cuando se mudaron a South Beach pocos meses atrás, Lincoln Road les pareció el lugar ideal para llevar a cabo su proyecto.

“Aquí, las parejas bailan debajo de las estrellas y especialmente debajo de las palmeras. Este es un sorprendente, muy sorprendente lugar”, dice Melo, al tiempo que los caminantes observan bailar a una docena de parejas. “Lo que quería es que las personas vieran cómo se baila el tango y publicitarlo”.

Melo y Bratt enseñan clases de tango para principales que empiezan a las 7 p.m. los jueves en Brownes & Co. Apothecary. Las clases cuestan $15 la hora o $25 por dos horas. El baile se muda a las afueras, en la esquina de Lincoln y Jefferson, alrededor de las 9:15 p.m.

Melo dice que aún disfruta del baile en la oscuridad de las trastiendas como en el tango clásico. Algunos bailarines se quejan de que el cemento es muy duro para deslizarse, pero aún así las milongas semanales ya cuentan con 40 bailarines y muchos de ellos en sus 20 o 30 años de edad. Melo se siente complacido al ver a jóvenes estudiantes mostrar sus talentos, ya que en Argentina –de donde es originario el tango- se piensa que el tango es un baile de abuelos.

“Cuando no bailo, trato de reconectarme con mi antigua vida”, dice Edgar Vílchez, uno de los jóvenes alumnos de Melo. Vílchez asegura que está obsesionado con el tango y que baila tres a cuatro veces a la semana, siendo los jueves su día oficial.

Al principio el baile parece codificado y complicado. Ahora, cuando fluye, él dice, “Es muy bonito estar en la pista de baile y abrazar a alguien por 20 minutos. Te olvidas de la parte técnica”.

“Es tan romántico”, dice Jasmin Majlessi, quien se detiene a observar junto a sus dos hijos. “Me gustaría exponer a mis hijos a lo mejor que ofrece el mundo y pienso que esto es hermoso”.

Melo empezó el tango después del ataque terrorista del 11 de septiembre. Trabajaba como un analista financiero de banca en el World Financial Center y su trabajo fue una víctima de los ataques.

Viajó a Buenos Aires por unas semanas para tomar clases de tango y no volvió hasta después de casi un año. Actualmente, él y Bratt enseñan y bailan alrededor del mundo.

El venezolano, Eduardo Graterol, dice que se detiene a observar las milongas en South Beach cada vez que está en la ciudad por negocios. Declara estar fascinado con el tango que bailó Al Pacino en la película “Perfume de Mujer”.

Pero ahora que ha aprendido los pasos, dice “me he dado cuenta que no es un buen bailarín”. Graterol también dice que las milongas son su último refugio –uno de los pocos sitios en la tierra donde una mujer debe ser guiada por un hombre.

Melo insiste que las mujeres tienen mucho poder a la hora de bailar el tango. Un hombre no se puede ni acercar a una mujer si antes ella no le ha hecho una seña. En sus clases, él pone igual énfasis en el rol masculino y femenino.

Otra bailarina, Elizabeth Alonso, describe el rol de la mujer como el que “adorna” la estructura del baile. “Es probablemente la única área en la vida donde no necesitas hacer preguntas”, dice ella. “Depositas tu entera confianza en tu pareja y solo dices: Condúceme”.

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