Rumba Palace

 

Para una rumba con sabor cubano.

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Foto: Alex Mateo de Acosta
 

Cuando el Rumba Palace, abrió sus puertas la noche inaugural, ya estaban listas las tiras de churrasco y las empanadas de camarones para los invitados. La gente fue llegando al baile atraída por el olor y para no perderse la descarga de Arturo Sandoval, uno de los dueños del nuevo restaurante-bar de Miami Beach, reservada para el final de la noche.

Nadie imaginaba que en cuanto se traspasaba el umbral, cuatro muchachas obsequiaban un aromático mojito cristalino y el exquisito saoco, la bebida de la casa, preparada con aguardiente de caña y agua de coco por Chantal Scutt, una diosa de ébano con atuendo de rumbera-pop transformada en bartender.

"Queremos que la gente baile y coma rico'', dice el famoso trompetista, mientras aspira un gigantesco puro, junto a una de las mesitas de la acera.

Adentro, los invitados toman posesión de los puestos cercanos a la pista y se vuelven para ver cómo Avana entra del brazo de Zineb, su colega de la orquesta de Calando fuerte. Para la ocasión, él eligió su guayabera Lady y ella se envolvió en un mantón de Manila rojo, que soltó al instante para descubrir su asombroso escote que termina donde la espalda pierde el nombre.

"¡No somos novios!'', advierte. "Estamos celebrando el éxito de nuestro programa''. ¿Vas a cantar? "Si me invitan, ¡claro que sí!, ¿probaste las yuquitas?".

El salón es amplio y sencillo. Le basta un vitral y las ventanas con barrotes para acentuar su sabor cubano. El resto lo ponen un par de murales de Catá donde se recrea la jungla habanera.

"Queríamos hacerlo muy cubanazo, que recordara los clubes de la playa de Marianao'', dice Marianela, la esposa de Sandoval. "Por eso tomamos el nombre de Rumba Palace, un lugar que fue muy popular hace muchísimos años''.

Los camareros no paran. Los pedidos se multiplican por minutos. Algunos prefieren las frituritas de cobo y Gus Machado se empeña en comer arroz con frijoles negros. ¿Alcanzaría a probarlos? Es difícil. En cuanto suena la música, el empresario se adueña de la pista seguido por Lillian, su esposa, y un ejército de bailadores que repiten "esto es lo que hay, aquí no hay más ná...", un estribillo inventado por Sandoval.

"¡Al fin tenemos un lugar para bailar rumba en South Beach!'', exclama el magnate y amigo del músico desde que éste le compró uno de sus primeros carros cuando llegó a la ciudad. Manolín, El Médico de la Salsa, observa desde un rincón. Ya le tocará su turno, porque ahora el trompetista hace un alto y arremete con un bolerazo de siempre: Como fue.

"Queremos atraer clientes de todas las edades. En la Playa no existe un sitio como éste'', explica David González, codueño del Rumba Palace con Sandoval y Belinda Meruelo, propietaria del Hotel Beach Paradise. Meruelo accedió a revitalizar este salón contiguo al edificio, después de mantenerlo cerrado durante los últimos cinco años.

Según el publicista Alex Carrasco, el nuevo proyecto incluye clases de salsa todos los viernes; y para los jueves, viernes y sábado, ya está lista una orquesta en vivo dirigida por Tony Gundín.

"Abrimos todos los días desde la hora del almuerzo y cerramos a las 2 a.m. El chef se llama Silvio Chamorro, un dominicano encargado de complacer los gustos de 230 comensales a la vez. Cuando la orquesta descanse, tendremos al DJ Carlos con los ritmos latinos. Lo mejor de este lugar es que no hay que pagar cover para entrar''.

Sandoval está en su mejor momento. Repasa su colección de trompetas y salta a los teclados. Canta y se muda a los timbales. "¿Le bajó el espíritu de Tito Puente?", pregunta un bailador a su mujer.

En una mesa hacen un brindis colectivo y sigue el canto delirante de Manolín. El salsero sabe los secretos de la pista y conduce a los danzantes por donde se le antoja. Su oficio le permite inventar sus "fusiones'' ante los ataques melódicos de Sandoval. La ovación lo premia y cede el paso a la impredecible Avana, que irrumpe con su "chorro'' de voz y su contoneo electrizante. Sonera incurable, no hay quien le gane en el arte de la improvisación.

"¿Qué tiene esa mulata en la cintura?", grita Sandoval a voz en cuello. Avana lo mira desafiante y repite sin cesar: "se mira, pero no se toca...". La rumba cubana reina en Ocean Drive.

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