Tangocho Milonga

 

Tango del bueno en Calle Ocho

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Jerry Perez y Christine Lopez en TangOcho.
 

Por Hernán Vera Alvarez

Como una escena posible en Buenos Aires, Bogotá, París o Nueva York, todos los viernes a las 10 de la noche comienza el tango en Miami, cuando una legión de fanáticos del 2 x 4, tan internacional como heterogénea en edad, se acerca a TangOcho, la milonga ubicada precisamente en el corazón de la Pequeña Habana.

Bajo una luz tenue y sensual, poblada de rojos y negros, las parejas avanzan por el salón, según las reglas del tango, en el sentido contrario a las agujas del reloj, una detrás de la otra. La música de las clásicas orquestas de Pugliese, Troilo, Di Sarli o Fresedo sugiere cada uno de los movimientos de los bailarines. ``Para mí el tango es cool. Es una manera de hacer meditación, pero aún más elevada'', opina Richard Fendelman, cineasta nacido en St. Louis, Missouri, y actual residente de Miami.

Entre las mesas con manteles rojos que marcan celosas el perímetro dentro del cual sucede el baile, Frank Sasson bebe un vino de Mendoza, provincia de la República Argentina. Hace 30 años que baila. Es colombiano, traductor profesional y profesor de tango. Ha viajado varias veces a Buenos Aires, donde se aloja en casa de un amigo cerca de Corrientes y Callao, lo cual quiere decir a 10 cuadras de cinco milongas. Sus preferidas son La Ideal y El Beso. Afirma con orgullo que le quiere enseñar a la mujer que no sabe bailar, porque se toma el asunto como una misión. O quizá porque, como dice: ``Todas las mujeres de este salón pasan por mis brazos, pero ninguna se queda''.

Los responsables de que todos los fines de semana desde hace dos años TangOcho abra sus puertas, son dos argentinos y una canadiense: Mariano Bejarano y Lorena Arrestía, y Chantal Forgues, respectivamente. Lorena estudió danzas en Buenos Aires y luego se perfeccionó en Estados Unidos. Como ya es una tradición de las buenas milongas alrededor del mundo, antes de que empiece el baile se dan clases para los principiantes. ``Ha crecido mucho. Sobre todo vienen jóvenes. Cubanos y colombianos. Y luego de la Europa Oriental''.

Lorena, que además es DJ, cree que la gente encuentra en el género algo diferente. ``Son otros códigos. Aquí las personas se conocen. Es como una comunidad. Eso te termina de enganchar''.

Del otro lado de la pista, un hombre se levanta de la mesa. Mueve la cabeza, o como se lo conoce en el slang del género, ``cabecea''. Con ese gesto sutil, que es una invitación al baile, convence a una mujer rubia. No se hablan, ni siquiera cuando él rodea su cintura con el brazo derecho y con la mano izquierda le toma la suya. Están juntos, mejilla contra mentón, y comienzan la ceremonia, ``ese pensamiento que se baila'', como tan bien lo definió el poeta Armando Discépolo.

Los bandoneones frenéticos cortan el aire, la voz de Carlos Gardel no se hace esperar. Berenice y Roberto observan la escena. Son cubanos. Desde la primera noche que se conocieron en La Habana, de esto hace ya más de medio siglo, siempre han bailado, aunque aclaran que hace 20 empezaron con el tango. ``Para este género se necesita más equilibrio que en la salsa'', informa Roberto. ``Aunque el bolero es tan difícil como bailar tango''.

``Cuando lo bailamos sentimos que estamos en Buenos Aires. Lo vivimos con emoción''`, dice Berenice. ``Bailar el tango es como estar enamorado'', agrega su compañero. ``Hemos visto muchas parejas, muchísimos matrimonios que han nacido con el tango. Es un ambiente muy bueno''.

En cada entreacto, cuando Lorena, a cargo de la música, decide darle un descanso a la pista de baile, muchos habitués van a refrescarse o a disfrutar del menú, que obviamente es típico del Río de la Plata: empanadas de carne, triples de jamón y queso, tortas de dulce de membrillo. La comida es muy buena y a un precio muy cómodo (entre $3 y $4). La responsable de ello es Leonor Pintos, porteña del barrio de Almagro, que además baila el tango. Un dato a tener en cuenta es que en el salón no se vende bebida con alcohol, aunque cada visitante puede traer su botella de vino o champagne.

María es mexicana. Su padre era bailarín, aunque no de tango, y cree que baila mal, pero no es así. A su lado conversa con Claudio Solorzano, que viste elegantemente de negro, muy sobrio, como exige el género. La historia de él es peculiar. Siendo un joven y exitoso arquitecto en Buenos Aires, consiguió que muchas empresas en Estados Unidos requirieran de su experiencia. Así estuvo trabajando durante casi 10 años, hasta que la crisis económica golpeó el país. De esta manera, luego de insistentes pedidos de parte de conocidos y amigos, se decidió por enseñar tango, y Claudio, que lo baila desde hace años, encontró que podía tener una entrada de dinero con lo que es su segunda pasión. Ahora, mientras sigue con otros proyectos propios de su profesión, tiene dos milongas, es DJ y da clases a beneficio de distintas organizaciones.

Son cerca de las dos de la mañana y la gente parece no querer irse. Seguirán bailando hasta que otros planes, tal vez nacidos horas antes en la milonga, irrumpan ansiosos. Como la pareja que ahora sale otra vez a la pista, a enamorarse de nuevo. Al menos hasta que dure el tango.

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