La virtud de seguir siendo Gil Shaham

 

La virtud de seguir siendo Gil Shaham

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Por Sebastian Spreng

Va a París, tocó en Munich pero llama desde Berlín exultante después de haber tocado en la Philharmonie mientras exclama, “¡no veo la hora de ver el sol de Miami!” Con su bonhomía irresistible, Gil Shaham (de 42 años) sigue siendo el mismo que entrevisté hace dos décadas. Toda una hazaña cuando se transita absolutamente indemne por el mundo de egos inflados en el que vive.

Este hijo de eminentes científicos, nacido en Illinois, criado en Jerusalén y que becado desembarcó a los 12 años en la Juilliard School neoyorquina, sigue tan sencillo como entonces. “Ese día pensé en dejar el violín y hacerme electricista”, cuenta. “Llegué a Juilliard creyéndome alguien y me encontré con 100 Itzhak Perlmans de mi edad... fue una inolvidable lección de humildad”. El nombre Perlman continuó marcando rumbos. Gil estudió con su maestra, la gran Dorothy DeLay, y su imprevista consagración llegó cuando Perlman canceló en Londres. “No sé quién sugirió mi nombre, pero la idea de subirme al Concorde y no recitar en el examen de inglés me hizo aceptar. Claro, cuando comprendí que el público esperaba a Perlman y no a mí, ¡me quise volver corriendo al colegio!” Era tarde, la consagración fue el postre al viaje en el Concorde. Desde entonces no ha dejado de ser un número uno. En el camino encontró a Adele Anthony, la talentosa violinista australiana con quien tiene tres hijos. Es el principal motivo para volver cuanto antes a casa. “Solo pienso en volver para estar con ellos”.

Su carrera y enfoque son ejemplares. El niño prodigio que nunca fue forzado a “nada que no me hiciera feliz” maduró en un artista completo que no dedica a la promoción más tiempo que el necesario, porque tiene demasiado que hacer y además ha fundado su propio sello discográfico, Canary Classics, en el que concreta proyectos soñados. “Recientemente un CD de melodías hebreas con Orli [su hermana pianista] llamado Nigunim [plural de un concepto musical en la tradición religiosa judía], que incluye la bellísima sonata homónima de Avner Dorman, y antes, uno dedicado a Sarasate, compositor que adoro y del que celebramos su centenario con una maravillosa gira por España. ¡Sus jotas aragonesas, zorcicos vascos, el zapateado y el capricho vasco me encantan!”

Shaham suena muy diferente a sus eximios colegas contemporáneos. Además de un virtuosismo infalible, posee un sonido profundo y terso que retrotrae a sus ídolos Heifetz y Oistraj, y por qué no, al joven Perlman. Ese color inconfundible se ve enriquecido por el legendario Stradivarius que toca. “Se le conoce como Comtesse de Polignac porque perteneció a la condesa que, dicen, fue amante de Benjamin Franklin. Lo cierto es que fue un violín experimental que el cremonense construyó en 1699, es más elongado..., ay, si este violín contara”.

Sus versiones son referencias ineludibles, sea Beethoven, Brahms, Tchaicovsky, Mendelssohn, Sibelius, Elgar o el grupo al que llama De los Años 30 asegurando, “es una excusa para tocar mi música favorita, más allá de que sean obras compuestas coincidentemente en la misma época”. Se refiere a los conciertos de Barber, Bartok, Walton, Stravinsky, Prokofiev, Milhaud, Hindemith y Alban Berg. “Los estoy grabando para mi sello, por ejemplo, el poco desconocido Concerto Funebre que Hartmann compuso en plena Alemania nazi y que logró contrabandear a Suiza, y estoy feliz porque nos dirigió el excelente director español Juanjo Mena”. Si Shaham conquistó cada uno de ellos, también lo hizo con otro que, aunque de 1945, estilísticamente pertenece a esa generación: el de Korngold del que, según el consenso crítico, quizás sea su intérprete definitivo.

Sin excesos ni sentimentalismos, Shaham ha sabido encarnar como ninguno el exacerbado lirismo del compositor austríaco exilado en Hollywood logrando un equilibrio milagroso entre la decadencia y virtuosismo de la época. Y es con esta composición estrenada por el mismísimo Heifetz, que regresa a Miami acompañado por la Orquesta de Cleveland dirigida por Franz Welser-Möst para un imperdible programa vienés con, además, la Segunda Sinfonía de Schubert y valses de Johann Strauss hijo. Será un placer recibirlo y constatar su maduración como hombre y como artista. Afortunadamente, sigue siendo la misma persona entrañable que entrevisté hace ya 20 años. Y esa misma virtud es su violín, es Shaham esencial.

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