Sin Pasaporte: La Pequeña Habana

 

Es uno de los barrios históricos del viejo Miami, al oeste del downtown, lleno de nostalgia.

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La Pequeña Habana es uno de los barrios históricos del viejo Miami, al oeste del downtown, y cubre un área que se extiende a la redonda desde el Río Miami hasta la avenida 27 del suroeste, con unos 55,000 residentes. Es territorio legendario de inmigrantes, gobernado por el idioma español, el sabor latino, la nostalgia y el ritual de tradiciones que logran perpetuarse contra todo pronóstico.

Aunque la población y los negocios de la zona fueron mayormente cubanos hasta comienzos de los 80, otras comunidades de inmigrantes como nicaragüenses, salvadoreños y hondureños, componen en la actualidad el pastel demográfico de la barriada.

"Tenemos que sentir orgullo por vivir aquí", afirmó Sánchez, que representa el área de la Pequeña Habana y preside actualmente la Comisión de la ciudad. "La Calle Ocho tiene que ser una avenida internacional, con un esplendor como el que tiene Lincoln Road en Miami Beach, un símbolo de la diversidad cultural que identifica a este lugar".
Sánchez, quien emigró de Cuba con su familia a los cinco años, tiene la visión futurista de un Miami próspero y cosmopolita, convertido en "el sitio más agradable para vivir en Estados Unidos".

Ciertamente, no ha escatimado esfuerzos para acercar esa voluntad de mejoramiento social. No hay nada fortuito en que popularmente se le conozca como el "alcalde de La Pequeña Habana" y el artífice de los Viernes Culturales, una actividad artística en plena calle que ha desbordado todas las expectativas de participación popular desde el 2000.

Luego de graduarse del Miami-Dade College y servir como agente de la Patrulla de Carreteras de la Florida por once años, Sánchez tomó cartas en los problemas comunitarios y ganó en 1998 el puesto de comisionado priorizando en su plataforma política el necesario renacimiento de La Pequeña Habana.
"Esta es una zona imprescindible de la historia de Miami, con mucho carisma, y realmente era vergonzoso que la gente viniera hasta aquí para encontrar pobreza, destrucción y crimen", recordó Sánchez, que ha vivido en el vecindario por tres décadas.

El panorama que halló el comisionado era desalentador. Un estudio de 1994 señalaba a La Pequeña Habana como la barriada con mayor cantidad de pobres de toda la ciudad. Los índices delictivos iban en ascenso y los negocios estaban en franca retirada ante el inclemente deterioro del entorno; apenas un 9 porciento de sus residentes eran propietarios.

La estrategia del cambio se centró en problemas concretos y acciones inmediatas: combatir el delito a partir de una disección de las zonas más conflictivas y la vigilancia sobre los elementos reincidentes; promover actividades culturales como resorte del turismo, la inversión financiera y la participación social; mejorar las calles y el estado de las edificaciones; y ampliar las oportunidades de restauración y compra de propiedades a los vecinos de bajos ingresos.
"En apenas cinco años la transformación ha sido como de la noche al día", enfatizó el comisionado.

Fastuosas casas antiguas y edificios de apartamentos han sido restaurados por familias que prefieren vivir en Miami, mientras que en las márgenes del Río Miami comienzan a verse modernos condominios y apartamentos para cubrir las necesidades de nuevos inquilinos. Muchas personas que tiempos atrás abandonaron la zona, entre ellos jóvenes profesionales y artistas, están adquiriendo viviendas aquí.
Sánchez ha impulsado un programa especial con $7.5 millones de fondos federales para que familias trabajadoras puedan realizar el sueño americano de convertirse en propietarios.

Basta con echar una mirada alrededor para comprender que La Pequeña Habana ha entrado al siglo XXI con la voluntad de ser algo más que una feria de nostalgias cubanas.

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