La lectura: Lecciones de un futuro imperfecto

 

Mario Bellatin: Salón de Belleza

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HERNÁN VERA ALVAREZ | ESPECIAL/EL NUEVO HERALD

Tan solo una nouvelle bastó para que Mario Bellatin (México, 1960) creara un estilo sombrío y silencioso, un mundo de habitaciones cerradas: Salón de Belleza. En este clásico instantáneo -nominado al premio Médicis a la mejor novela extranjera publicada en Francia y traducido a 12 idiomas- una peste extraña aniquila lentamente a los habitantes de una ciudad. La dueña de la peluquería, una travesti aficionada a los peces exóticos que en sus acuarios decoran el salón, decide dar refugio a los enfermos terminales, rechazados por sus familiares y la sociedad. Especie de nuevo diario de la peste, Bellatin utilizaba los mecanismos de toda enfermedad para desbaratar los hilos frágiles y ridículamente hermosos de la condición humana.

La clase muerta sigue alimentando esa mitología que en libros recientes se tradujo en científicos asesinos, ginecólogos que visitan prostíbulos y niños de enormes cabezas. Ahora, la novela está formada por dos textos: Biografía ilustrada de Mishima y Los fantasmas del masajista. En el primero, el protagonista se llama como el escritor japones Yukio Mishima, acaso menos conocido por la novela Confesiones de una máscara que por suicidarse bajo el rito milenario del harakiri. Aquí Mishima muestra un “definido sentido de superioridad”, se lo ve “como un hombre de mediana edad”, viste “de uniforme militar” y “no tiene cabeza”. Aunque los detalles ilustren perfectamente los del “verdadero” Mishima, en un momento de su clase magistral, el relato sufre una mutación:

“Recordaba con mucha claridad, por ejemplo, cuando se realizó el montaje teatral de su libro Salón de belleza. Desde el comienzo había decidido no intervenir de manera directa en aquella puesta en escena. Confió el texto a un director a quien admiraba. El día del estreno, en mitad de la obra, Mishima comenzó a ser presa de un incontrolable estado de exaltación. Como algunos lectores deben saber Salón de belleza puede tratar, para algunos, de un personaje que comprendió, casi desde el inicio del libro, que su misión vital era la de acompañar los trances finales de los enfermos. Antes de acabar, el texto se limita a describir un estanque capaz de sumergir a las víctimas a grandes profundidades”.

Este insert es una muestra más de lo que habitualmente hace Bellatin en sus textos: producir una tensión en el lector que intentará ordenar la visión del artista. Escribir y leer es tener una creencia en lo absoluto del lenguaje, en las palabras que intentan aprisionar la realidad, lo efímero. Por eso, las fotografías que también se incluyen en la novela no son una provocación, ni siquiera una contradicción. Al contrario, es el último peldaño para construir una literatura total. Poco importa, finalmente, si la estética del autor mexicano -la lógica de su sistema- de tanto repetirse se resigne a cansar.

La segunda parte del libro, Los fantasmas del masajista, se desarrolla en la ciudad de Sao Pablo donde el narrador suele visitar una clínica en la que João se encarga de darle masajes terapéuticos, ya que sufre dolores crónicos en la espalda por la falta de su antebrazo derecho. El especialista hace su trabajo mientras le va contando la nueva desdicha: su madre, declamadora profesional, ha muerto. Como dudosa herencia, el hijo cree que ella reencarnó en el cuerpo de un loro.

Ambos textos se adentran en zonas oscuras donde un catálogo de personajes si no extraños, al menos levemente curiosos, toman la antorcha de la razón e iluminan esas tramas no que parecen llegar a ninguna parte, si es que acaso alguien lo necesitara. Después de todo, en el ámbito de la literatura en español, Bellatin sigue sumando nuevos y agradecidos lectores.

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