La Toronto Symphony, un debut espectacular en el Arsht

Espectacular resultó el debut de la Toronto Symphony Orchestra (TSO) en el Knight Concert Hall del Arsht Center, el jueves. El teatro en pleno se puso de pie para ovacionar al joven pianista Jan Lisiecki, a la orquesta y a su director, Peter Oundjian, al finalizar la cuidada y a la vez apasionada interpretación del Concierto no. 4 para piano y orquesta, en sol mayor, op. 58, de Beethoven.

Con un balance maestro entre lo clásico y lo romántico, solista y orquesta entregaron este concierto en la justa dimensión de su esencia. El joven Lisiecki ya es considerado un virtuoso de su instrumento, y lo demostró no solo en el impecable acople con la orquesta sino en la exquisita entrega de las cadencias donde su acertado uso de las dinámicas puso sutileza o pasión según el momento.

La TSO nos visita por primera vez, y como carta de presentación, antes del mencionado concierto abrieron la noche con una pieza del compositor canadiense John Stacio: Wondrous Lights. A pesar de que se confiesa inspirada en las misteriosas auroras boreales, la obra ostenta una contagiosa alegría, pues su autor ve el fenómeno como una danza de luces. Su gran riqueza orquestal fue ideal para darle idea al público de la excelencia que podría esperar esa noche.

La segunda parte del concierto, dedicada a la Sheherezade, de Rimsky-Korsakov, también habría de ser un vehículo idóneo para que tanto en conjunto como en solitario se lucieran los músicos de la TSO. En primer lugar, el concertino Jonathan Crow, quien tuvo a su cargo los solos de violín que representan la voz del maravilloso personaje al iniciar cada cuento, pero también el redoblante y el arpa, el primer cello y la flauta, el fagot y la trompeta… Cada uno era solista por breves momentos de brillantez que habrían de recibir distinguidos aplausos al final. Oundjian realizó un magistral trabajo en la definición de los planos sonoros, exaltando los contrastes de los grupos de instrumentos al pasarse los temas y en los espléndidos tutti, especialmente, en la escena de la tempestad. He tenido el privilegio de escuchar esta obra muchas veces en vivo, pero nunca había brillado tanto, ni nunca había sido tan aplaudida.

La algarabía del final –nadie quería irse, solo unos pocos se escabullían para evitar el acostumbrado embotellamiento de la salida– parecía no tener fin. Valió la pena seguir aplaudiendo, porque Oundjian y su orquesta regalaron nada menos que la Polonesa de Eugenio Oneguin, de Chaicovsky, que también fue premiada con ovación. Un triunfo sin duda. Ojalá vuelvan todos los años.

daniel.dfernandez.fernandez@gmail.com

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