El arte de Cruz Azaceta

 

La denominada sociedad post-industrial ha generado un sujeto esquizofrénico y paranoico que se realiza en una suerte de autofagia que lo anula a sí mismo.

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Janet Batet

La denominada sociedad post-industrial ha generado un sujeto esquizofrénico y paranoico que se realiza en una suerte de autofagia que lo anula a sí mismo. Este es justo el sujeto y leitmotiv que anima la obra de Luis Cruz Azaceta (La Habana, 1942), hurgador incansable del drama humano contemporáneo, cuya obra pone ahora a nuestro alcance la galería Panamerican Art Project.

Cruz Azaceta abandona Cuba en 1960, a la edad de 18 años para radicarse en los Estados Unidos. Su adolescencia había estado plagada por la historia convulsa que marca la isla, estigmatizada por dictaduras, golpes de estado y lucha armada, dejando tras de sí un saldo de muerte y terror. Luego, la llegada a los Estados Unidos, significa un nuevo trauma, marcado por el frío de New Jersey y la barrera idiomática que implacable se interpone y excluye.

Como expresión del choque cultural que implica toda migración, el artista recuerda cuán desconcertante resultó para él la experiencia del metro en Nueva York. Viniendo de Cuba --donde la gente es tan sociable y extrovertida-- resaltaba la atmósfera de irrealidad que significaba encontrarse en un grupo de gentes que, aunadas en un mismo espacio, evitaban interactuar, esquivando las miradas y hundiendo la vista en el periódico. ``Alguien pudiera haber sido asesinado en medio de cientos de testigos y nadie hubiera movido siquiera un dedo'', rememora el artista.

Este sujeto social de aura kafkiana será el personaje central que emerge de los cuadros de Azaceta. Un individuo abandonado a su suerte y a solas consigo mismo, perdido en medio de un complejo entramado de relaciones que lo sobrepasa y aniquila. Obra de marcado carácter autorreferencial donde el artista encarna en sí mismo a este personaje trágico cuyos interminables avatares no son sino expresión de su alienación, la obra de Azaceta renuncia al componente anecdótico para convertirse en í***** revelador donde el cuerpo deviene contenido y continente. No puede ser de otro modo para el exiliado cuya patria queda reducida al límite del cuerpo: esa isla con la que bregamos ya por siempre.

Receptá***** del drama humano, Azaceta se desdobla una y otra vez en balsero, cocainómano, payaso, decapitado, víctima, victimario. Es la encarnación del todo en pos de la nada. Protagonista de la catástrofe, víctima inadaptada, no importa cuál sea el personaje en cuestión, el estereotipo puede cambiar una y otra vez, lo único invariable es su condición trágica. Asistimos siempre a personajes atrapados por un entorno en el que no tienen cabida. Sus personajes son dignos del teatro del absurdo, moran en un limbo donde no hay sentido ni catarsis.

Exile 50 / Exilio 50, 2009, nos presenta al artista desnudo, encerrado en una especie de burbuja --símbolo del aislamiento-- la mirada fija en el objetivo y atrás el fardo de un pasado que nunca abandonará: la isla que como memoria se aquilata. Hay algo de infantil en el personaje que tira del cordelito como de un juguete, enfatizando lo inocente y trágico de la dualidad del emigrante que busca mirar adelante sin poder dejar de mirar atrás.

La fisonomía de la isla es sintomática. Rodeada por una cerca con lanzas clavadas sobra la nada que sangra, todo el mapa está cubierto de motas de algodón, como en una caricia, silenciada. La recurrencia a las motas de algodón nos trae a la memoria a Obatalá, orisha mayor de la santería cubana sincretizada en la virgen de las Mercedes, creadora de la tierra y el ser humano, dueña de la cabeza y los sueños.

Los ambientes recreados en la obra de Azaceta tienen algo de futurista, sólo que el ambiente de confianza en el progreso es trastocado en escarnio. La máquina --en tanto construcción social-- no se erige en símbolo de progreso sino del aniquilamiento humano. Tal es el caso de Cubanicarus, 2010, donde un ser indefenso, desprovisto de brazos y dotado de alas, se ve confinado a un claustro mínimo que le priva del vuelo.

Incansable cronista de la decadencia de la sociedad urbana contemporánea, Luis Cruz Azaceta se impone por la fuerza expresionista y el nivel de síntesis que distingue a su obra.

`Trajectories' de Luis Cruz Azaceta, Panamerican Art Projects. Hasta el 7 de diciembre. 2450 NW 2 Ave. Miami (305) 573-2400. www.panamericanart.com

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