Danza: Niicugni

 

Emily Johnson, desde Alaska con amor

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OLGA CONNOR

No se puede entender otra cultura sin conocer sus costumbres, su lenguaje, sus hábitos alimenticios. Para comprender la obra de la bailarina y coreógrafa Emily Johnson, directora de Catalyst Dances (Danzas Catalizadoras), es importante saber que es original de Alaska, descendiente de la nación esquimal Yup’ik por parte de padre.

Johnson se presenta por primera vez en esta ciudad en el Miami-Dade County Auditorium con un ballet contemporáneo que remite a su procedencia. Auspiciada por Tigertail Productions, su nueva creación se titula Niicugni, que en el lenguaje Yup’ik significa “Escúchame”.

“Crecí en un territorio muy pequeño, en Sterling, de la península Kenai, con mi abuela, muy lejos de mi familia Yup’ik”, cuenta Emily, quien añade que son del Yukon Kuskokwim Delta en el centro de Alaska. “Todos nos reuníamos en julio para recoger el salmón para todo el año, lo que es un tipo de tradición de los Yup’ik”.

“Cuando me di cuenta de cuánto extrañaba Alaska supe que tenía que aprender más sobre la cultura Yup’ik, y resolver cómo vivir en Alaska mientras aun residía en Minneapolis”, explica. “Por eso voy de vuelta todos los años para aprender más historias de mis ancestros y el idioma. Y estoy haciendo ahora un trabajo que me mantiene conectada”.

En algunas fotos Johnson se presenta con un pescado en sus brazos, pero ella advierte que eso no significa que baile con él. “Son un reflejo de la pieza”, apunta, “el pescado recuerda mi vida, mi historia personal y cultural y, por ejemplo, en otra foto estoy rodando por una montaña, pero en el escenario no hay tierra, y rodamos por el piso”.

Es una cultura que vive de pescar y cazar. “Traemos pescado y alce refrigerado de Alaska, recogido o cazado por mi familia, para comerlo durante todo el año en Minnesota, entre amigos y familiares”, cuenta, dando la misma importancia a las costumbres alimenticias que les damos los hispanos en Estados Unidos.

Otra forma de incorporar sus antiguas tradiciones es el uso de la piel del pescado que ha aprendido a coser con Audrey Armstrong, de origen atabascano nativo de Norteamérica. Johnson ha confeccionado diseños de lámparas de piel con la ayuda de voluntarios durante dos años, para usarlas en sus presentaciones.

“Cuando trabajo con el pescado y dirijo a otros en el proceso de filetear y descamar las pieles, me siento muy conectada a mi hogar”, describe, “porque es una forma funcional en muchas culturas y desde siempre en la Yup’ ik”.

Sus danzas provienen de esas formas. Son movimientos fundamentados en la idea de que la tierra se extiende en todas direcciones, como si hubiera la posibilidad de estar siempre en Alaska o en el país de uno.

“Quiero que aprendamos a vivir dándonos cuenta de la precariedad de la tierra, y que pongamos atención a todo lo que nos rodea,” afirma. Danzas Catalizadoras significa eso: que los bailarines y los músicos puedan interactuar con los espectadores, como si éstos se estuvieran moviendo en sus asientos en una relación artística y simbióticamente compartida.

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