Cruz-Diez: la revolución del color

 

La muestra itinerante organizada por el Miami Art Museum, abrió al público el pasado 19 de marzo en la sede del museo en Miami.

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Adriana Herrera

Carlos Cruz-Diez: The Embodied Experience of Color, la muestra itinerante organizada por el Miami Art Museum bajo la curaduría de Rina Carvajal se exhibió inicialmente en el espacio Perisférico Caracas, en Venezuela, y abrió al público el pasado 19 de marzo en la sede del museo en Miami.

Pese a reunir sólo tres obras realizadas por Cruz-Diez (Caracas, 1923) a mediados de la década de los años 60; en el 1968 --cuando este pionero de la contemporaneidad latinoamericana vivía en París--; y en 1974, en la agitada época del ***** sur, cuando se consolidaba en Venezuela la democracia; esta es una exhibición de obligada visita por diversas razones. Entre éstas, quizás la primera es el sorpresivo placer visual y la experiencia de juego sensorial que activa en todo espectador siguiendo el propósito de su creador, para el cual ``el arte es comunicación''.

Esta razón, suficiente en sí, no requiere de información previa. Permite una experiencia inolvidable a cualquiera sólo a través de la percepción del juego entre su cuerpo y el espacio casi vacío pero cercado, saturado o intervenido con colores. Al adentrarse en los trabajos interactivos de Cruz-Diez, niños, jóvenes o personas ancianas recobran el placer que proveen los colores cambiantes de las cosas del mundo. Y esto sucede de modo inesperado: por primera vez el color está liberado de los objetos y, sobre todo, no como una propiedad fija, sino como una percepción dinámica. En lugar de enfrentarse a la pintura de un color inmodificable, descubren el color como un fenómeno en permanente construcción, como una experiencia que se hace y se deshace continuamente a partir de la posición del propio cuerpo o del ángulo de mirada según el juego entre los desplazamientos y el espacio. Esta noción derivada de largas investigaciones experimentales del artista, se resuelve en un encuentro lúdico con la experiencia del color.

Otra razón, de enorme validez para la necesaria reescritura de la historia del arte latinoamericano, es la comprensión que ha animado a Rina Carvajal a reconstruir tres instalaciones originalmente concebidas hace alrededor de cuatro décadas: el reconocimiento de que entonces la crítica no comprendió lo que suponía la revolución del color de Cruz-Diez para el arte ni la vigencia que tendría para la contemporaneidad artística del siguiente milenio. Como ella remarca, quizás sólo ahora, desde las herramientas de la estética relacional, desde la cada vez mayor vigencia de lo participativo en el arte actual, se comprende plenamente su aporte.

Una de las grandes paradojas es que en los agitados años 70, figuras como la legendaria Martha Traba no comprendieron la naturaleza de su vanguardia ni vieron su potencial político. Curiosamente, la entonces omnipresencia de un tipo de obras comprometidas con la época, impidió ver las enormes implicaciones sociales de un arte abstracto pensado también para los espacios públicos, ni la genial manera en que un Cruz-Diez resolvió el dilema de la responsabilidad social.

Antes de marcharse a París, Cruz-Diez había comprendido que las pinturas realistas que retrataban la miseria que le acongojaba no tenían más poder que el de engrosar eventualmente la colección de un comprador interesado. Si dominaba la ilustración, ésta no sería en adelante la función de su arte, ni ataría a la narratividad las posibilidades de transformación de un entorno y de la gente. En cambio podía convertirla en co-creadora de la obra y despertar su potencial de sujeto participativo por ejemplo a partir de Duchas cromáticas como las que en 1968 construyó sin otro soporte que bandas colgantes de colores translúcidos. Mientras los espectadores se ``bañan'' en su interior, perciben el mundo afuera (una diferencia clave con los Penetrables de Soto) y descubren en los intersticios el efecto de aparición de los colores complementarios, así como el modo en que los colores de las otras duchas se transforman dependiendo del que provee el ``baño'' que se toma. La experiencia de descubrir que el color se transforma a partir del juego del propio cuerpo convierte al sujeto que percibe en protagonista del arte.

El sueño de una ``nueva mitología'' que concibió este artista al emplazar en las calles obras que hacen consciente al transeúnte del modo en que su cuerpo y su tiempo movilizan posibilidades de interacción, fue el tema de la charla que impartió en el MAM, Gabriela Rangel.

Entre tanto, ninguna descripción remplazará la experiencia viva de entrar en el inmenso ``cubo blanco'' de la Cromosaturación (1965/2010), y descubrir que bastan tres secciones construidas con una pared y tubos de luces azul, rojo y verde ubicados en el techo para que el espacio pueda conjugarse con una infinita y cambiante gama de colores percibidos. El lienzo es el espacio, el color se transforma a cada paso, y el espectador protagoniza el juego. En la tercera instalación, Cromointerferente (1974/2009) las proyecciones de haces de colores sobre una esfera, una columna, y las mismas paredes y piso del cuarto, se conjugan con la sombra en movimiento del espectador y provocan no sólo la ilusión del movimiento, sino la de declives, ascensos y un despliegue de ilusiones ópticas que funde al cuerpo que percibe con el objeto percibido. Finalmente, en una sala con computadores se extiende el juego a la opción de crear, a partir de la obra de Cruz-Diez, una interpretación derivada y personal: así, la Experiencia cromática aleatoria interactive (1995/2010) usa la tecnología digital para que el espectador se apodere no del pincel, sino del color y sus revoluciones.

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