Cine: Ruby Sparks

 

Romance y complicación

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RENÉ JORDÁN | CRÍTICO DE CINE/EL NUEVO HERALD

Zoe Kazan, nieta del gran Elia Kazan, escribió el guión de Ruby Sparks, que hubiera confundido a su certero abuelo. Se asignó el papel titular y lleva de coestrella a Paul Dano, con quien vive hace años en un apartamento de Brooklyn. Estos datos de la vida real no aclaran detalles cuando se trata de interpretar la nebulosa comedia romántica.

Deriva del mito del escultor Pigmalion, a quien los dioses le concedieron el deseo de ver convertida a su estatua Galatea en mujer de carne y hueso. La leyenda no se adentra en las consecuencias del milagro, pero de esto se ocupan –más o menos– Kazan y Dano en la película.

Los directores son la pareja matrimonial de Jonathan Dayton y Valerie Faris, que ya le dieron similar combinación de picardía/tontería a la exitosa Little Miss Sunshine, pero aquí con menos fortuna, porque hay un exceso de complicaciones.

Paul Dano es Calvin Weir-Fields, que a los 19 años escribió un bestseller y ahora sufre tremendo bloqueo literario. Para sacarlo del atolladero se le aparece el personaje de Ruby, que obedece todos los caprichos del novelista, porque para eso la inventó. En cada párrafo, Ruby hace lo que Calvin dicta. Si él escribe que habla francés, pronto está conversando en la lengua de Molière.

Igual que Leslie Howard en Pigmalion de Bernard Shaw, Calvin lleva a Ruby a visitar a su madre (Annette Bening) que vive con el inventor Antonio Banderas. Es una prueba de la absoluta obediencia de Ruby, que empieza a dar señales de malcriado criterio propio.

El guión de Kazan es inteligente y ella pone el condimento que le falta al siempre insulso Dano. El juego avanza con asistencia en tercera de Chris Messina, Steve Coogan y Elliott Gould. El egoísmo masculino y la intuición femenina adoptan diferentes rostros, pero se están mirando en el mismo espejo.

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