Cine: Killer Joe, divertidas truculencias

 

Killer Joe no tiene desperdicio

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RENE JORDÁN | CRÍTICO DE CINE

Un título muy vendible para Killer Joe sería Matemos a Mamá porque es una comedia más negra que el chapapote. Esta invita a reírse exagerando al colmo las atrocidades de una familia obcecada por el múltiple matricidio.

Emile Hirsch, el buen alumno de The Emperor Club, ha crecido para convertirse en todo un hombre depravado y peludo, Chris Smith, que le debe dinero a traficantes de cocaína estafados por su madre. Ahora lo persiguen en motocicletas con amenaza de muerte si no paga. Pero este Chris no es bobo y tuvo la precaución de comprarle a mamá un seguro de vida por $50,000 en caso de emergencia, que ahora se presenta para pagarle $6,000 por matarla al “Killer Joe” del título, un policía con segundo oficio como asesino a sueldo, interpretado por Matthew MacConaughey en un papel central de innata perversidad.

Chris consulta con su padre Ansel (Thomas Haden Church), que está de acuerdo con liquidar a su ex mujer. Ansel ahora está casado en segundas con la chusmona Sharla (Gina Gershon), que de paso ya se entiende con el matarife Joe Cooper. Claro que esa también está de acuerdo, al igual que la medio boba Dottie (Juno Temple), la hija menor del clan, cuyo único tesoro es su muy negociable virginidad.

Joe Cooper sigue pidiendo los $6,000, pero se transa como anticipo con el chance de desflorar a Dottie, que nada tiene que perder en el asunto porque la madre la designó en secreto como única heredera del codiciado seguro de vida. Y conste que la discutidísima mamá condenada a muerte es como la “Rebeca” de Hitchcock, porque todos hablan de ella, pero no sale en la película.

El director de este mortuorio ambulante es William Friedkin, famoso por las truculencias de The Exorcist, Cruising y Bug, esta última de Tracy Letts, autor de la obra teatral en que se basa Killer Joe. A Billy Friedkin le han dado por la vena del gusto, con amplio derramamiento de sangre en un clímax con dos opciones: horrrizarse o desternillarse de la risa.

O ambas cosas a la vez, porque Killer Joe no tiene desperdicio. Y conste también que se me olvidó mencionar el interludio sexual con un muslo de pollo frito, que le ganó al filme la merecidísima clasificación NC-17. Los menores de esa edad númerica que no pasen ni por la acera del cine.

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