Cine: Goodbye, First Love
Comedia romántica de lindo idilio
6/15/2012
Camille celebra sus quince con erótica fiesta de cumpleaños. Cree haber descubierto el amor eterno con Sullivan, que a los 18 se asusta de tanto frenesí, precisamente cuando él está planeando pasarse un año en Sudamérica. Ella amenaza con suicidarse lanzándose al Sena del puente más próximo, que para eso los juveniles amantes viven en París, cuna de catastróficas pasiones.
Mia Hansen-Løve escribió y dirigió Un amor de juventud, mejor titulada Goodbye, First Love, porque le dice adiós a un síntoma de fervorosa adolescencia. Esta comedia romántica empieza como un madrigal y casi acaba como Ultimo tango en París.
Sullivan se va de todos modos y atraviesa el lejano continente mientras Camille marca su itinerario en el mapa con tachuelas, estirando cada vez más el cordón umbilical de cartas semanales hasta que se rompe y ella se encuentra el buzón vacío. Pasa de adolescente a adulta cuando empieza a pensar en sí misma y no en las musarañas.
Se le despierta vocación por la arquitectura y se matricula a diseñar fachadas en su cuaderno. Llama la atención de un profesor noruego (Magne-Håvard Brekke) que se convierte en su mentor y luego entran en relación experimental de convivencia.
En París, se encuentra en la calle con Sullivan, con quien había perdido todo contacto. El se ha mudado a Marsella, pero vuelve ocasionalmente a visitar a su familia.
Empiezan a citarse y acaban en un cuarto de posada donde el ex novio la acusa de infidelidad con el noruego, pero ella vuelve a declararlo como su amor eterno. Cuando planea pasarse un fin de semana con Sullivan en Marsella, una huelga de trenes se lo impide y ella lo interpreta como una señal de que el amor de juventud se puso viejo.
Lola Créton y Sebastian Urzendowsky hacen tan buena pareja y la directora Magne-Håvard Brekke pinta tan lindo idilio que duele ver cómo el guión lo destine.
La trama introduce falso suspenso cuando parece que Camille va a dejar lo cierto por lo dudoso. Rara vez una película dulzona, casi amelcochada, hizo al final paladeable la amargura de una inevitable decepción.



