Cine: A Good Day to Die Hard

 

Mucha acción y poco diálogo

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RENÉ JORDÁN | CRÍTICO DE CINE

A Good Day to Die Hard indica en el título el parentesco con Die Hard, la serie que viene prometiendo “dura muerte” a sus fieles seguidores desde 1985. Esta es la quinta vez al bate para John McClane, el policía de Nueva York que se ha enfrentado a dementes y terroristas desde hace casi dos décadas.

La ristra de episodios cambió geográficamente de Manhattan a Boston a Washington y llegó la hora de ir más lejos para poner el pie –o meter la pata– en la Rusia posovietica, donde el siempre paternal McClane se va a ayudar a su hijo Jack (Jai Courtney) que se fue a calentar la Guerra Fría. Jack al principio parecía malo, pero luego muestra sus fieles colores en la fotografía de Jonathan Sela, que es lo mejor de la película.

Die Hard ha entrenado a varios directores sin superar a John McTiernan, quien estuvo a cargo de la primera y la tercera. El de la quinta es John Moore, que maniobra con mecánica destreza los efectos especiales de un filme que anda a mitad de camino entre acción y alucinación. Baste imaginarse que en el clímax sale un camión de un helicóptero en Chernobyl. Aquí el desparpajo oscila entre lo inaudito y lo increíble.

Bruce Willis no tiene ni un pelo de tonto y solidifica su atracción de taquilla en el mercado extranjero con un tropelaje de poco diálogo y menos subtítulos en un show gloriosamente analfabeto.

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