Cine: Farewell, My Queen

 

Entre la historia, el erotismo y el secreto

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RENÉ JORDÁN | CRÍTICO DE CINE/ EL NUEVO HERALD

El 14 de julio de 1789 en París, la prisión de la Bastilla cayó bajo el dominio de turbas insurrectas. En las cortes de Versalles ocultaron la noticia y durante tres días, del 14 al 17, se respiraron los estertores agonizantes de la monarquía. Entre los aristócratas circularon listas secretas de futuros decapitados para causar desmayos de terror a los elegidos por los rebeldes.

María Antonieta se dedicó a quemar cartas comprometedoras y a desprender invaluables gemas de collares y pulseras, mientras Luis XVI, despojado de sus galas reales, vagaba por corredores lamentándose de que esta vez los insurrectos no pedían pan, sino ansiaban el poder que al Rey le había llegado como maldición en la cuna.

En Farewell, My Queen, Benoît Jacquot resucita una época filmando –a un costo muy elevado– en los salones y jardines del palacio, con la cámara inquieta de Romain Winding hurgando con luz de ambiente en los más remotos rincones, persiguiendo a los protagonistas y acercándose a ellos con acuciosa proximidad que un crítico se atreve a llamar “subcutánea”.

La panoplia histórica se observa a través de la mirada –tal vez servil, parcializada– de Sidonie Laborde, lectora oficial de la Reina, que idolatra a María Antonieta y aprueba con simpatía doméstica cada uno de sus caprichos imperiales. Sidonie (Léa Seydoux) es capaz de sacrificarlo todo por la soberbia soberana (Diane Kruger), aunque sabe muy bien que no es la favorita.

Esa ventajosa posición le corresponde a la duquesa Gabrielle de Polignac (Virginie Ledoyen), cuya indiscriminada lujuria –hasta con el gondolero italiano del lago palaciego– le ha ganado pésima reputación, aun en los corruptos predios cortesanos.

Una posible interpretación moderna de la trama es verla como un triángulo amoroso entre estas mujeres, aunque la novela histórica de Chantal Thomas no pasa de insinuar acaso una atracción erótica/platónica. La adaptación de Benoît Jacquot prefiere evadir sutilezas y concentrarse en la intriga política que sobre todos cuelga como implacable espada de Damocles.

El clímax emocional estalla cuando María Antonieta insiste en salvar a la adorada Polignac de la lista de futuros decapitados y se aprovecha de la devoción de Sidonie para pedirle que se presente como Gabrielle ante custodios de Versalles, con la duquesa fingiendo ser la sirvienta y así despistar a guardianes de la frontera.

Un acápite final relata que Gabrielle de Polignac falleció años después en su residencia de exiliada en Suiza y que el certificado de defunción anuncia como causa de la muerte el pesar incontrolable por la ejecución de su Reina en la guillotina. No se menciona el destino de Sidonie Laborde y Les adieux à la reine termina así como imperecedera y enigmática historia de amor.

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