Cine: Cosmopolis, claustrofobia en limosina

 

Cosmopolis es la apoteosis del solipsismo capitalista

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RENÉ JORDÁN | CRÍTICO DE CINE

Eric Packer existe dentro de una limosina. Todas sus necesidades físicas, sexuales y sicológicas se satisfacen dentro de este enorme automóvil casi del tamaño de un yate con el cual atraviesa las revueltas calles de Nueva York durante visita presidencial en inquietante futuro. Requiere un recorte de pelo, para necesitar siquiera la mano ajena de un barbero.

Cosmopolis es la apoteosis del solipsismo capitalista. Packer es financiero billonario y el filme no explica de dónde viene el dinero. David Cronenberg, un director de preferencia abstracta, ha mecanizado su película más inhumana. Más allá de la metálica limosina, la ciudad se agita con protesta anarquista que augura la metamorfosis en metáfora.

La intimidad de este hombre-cifra se invade de muy penetrantes modos, con su colmo en examen prostático. Empleados, mensajeros y amantes incluyen a Kevin Durand, Juliette Binoche, Mathieu Amalric, Jay Baruchel, Samantha Morton, la esposa Sara Gadon y el amenazador Paul Giamatti. Giran en orbita alrededor del potentado, pero la novela de Don DeLillo circunda a un hueco insondable, que jamás se llena con Robert Pattinson.

El popular vampiro de la teleserie Twilight es astro de inexpresiva belleza masculina, problemática en Bel Ami y fatídica en Cosmopolis. Para esta máscara marmórea, hasta las lágrimas son húmedo anticlímax. En impenetrable claustrofobia, la brillante, glacial técnica de Cronenberg solidifica otro cubito de hielo. Tras el erizante examen, el urólogo de Packer diagnostica próstata asimétrica. Incurable, como el filme.

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