Cine: Coriolanus

 

Ingrata sensación de culpabilidad

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RENÉ JORDÁN | CRÍTICO DE CINE/EL NUEVO HERALD

En su debut como director, Ralph Fiennes invade Serbia y Montenegro para modernizar Coriolanus de Shakespeare, con tanques, ametralladoras, insomnes televisores y pseudopoesía contemporánea, aspirando a revitalizar una obra teatral en desuso durante merecidos 400 años.

Caius Marius, arrogante general romano, vence a los rebeldes volcsianos comandados por el agresivo Aufidius (Gerard Butler). A Caius lo llaman Coriolanus en recuerdo de la región de la cual retorna triunfador. Rechaza integrarse a la vida política y no acepta ser aclamado cónsul, porque desdeña al populacho que lo ensalza.

Le vuelve la espalda a Roma y se une a su ex enemigo Aufidius. Su madre Volumnia (Vanessa Redgrave) y su esposa Virgilia (la ubicua Jessica Chastain) suplican de rodillas un cambio de actitud y el eterno cambiacasacas las complace, pero Aufidius lo rechaza y muere acuchillado.

La obra teatral , tras siglos de prudente rechazo, fue rescatada primero por Laurence Olivier y luego por Richard Burton, en interpretaciones admiradas por los críticos, aunque persistió el desdén hacia un ensayo histórico sin la garra de Macbeth o la melancolía de Hamlet.

La versión bastante abreviada de John Logan no rescata a Coriolanus, obligada a la fuerza a acomodarse a una época que no le corresponde. El filme provoca ingrata sensación de culpabilidad, porque Fiennes y, sobre todo, Redgrave han luchado por perfilar sus personajes en un contexto que siempre inspira respeto, pero nunca entusiasmo.

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