Cine: Café de Flore

 

Misterio incomprensible

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RENÉ JORDÁN | CRÍTICO DE CINE

Café de Flore es un enigma desde el título inaplicable. Distorsiona relaciones personales y de familia con dos historias de líneas paralelas: el amor maternal y la pasión erótica. El guionista/director Jean-Marc Vallée los centra en el mismo personaje en una de las múltiples y misteriosas interpretaciones a que el filme se presta, aunque a ninguna se regala.

Tres veces he visto la película para arribar a conclusiones antitéticas, típicas del misticismo reinante en cada escena. Debo confesar que mis conocimientos del espiritismo y la reencarnación caben en un dedal, pero hasta el autor Vallée se limita a poner el conjuro en boca de la médium en trance: “Las llamas gemelas se integran cuando el alma encuentra a su otra mitad en camino hacia el Ser, de modo que el ciclo de la reencarnacion finaliza en la unidad”.

En Café de Flore, la maravillosa Vanessa Paradis mordisquea con su irregular dentadura los bordes de la trama, y Kevin Parent, con su musculatura fluida, adopta un ritmo de leyenda. Ella es la Jacqueline que existe en el París de 1959 y él es Antoine Godet en el Montreal contemporáneo. Los une a través del tiempo y la distancia un eslabón perdido. Es Laurent (Marin Gerrier), a través de quien el Síndrome de Down adquiere importancia protagónica. Estos personajes deambulan por la pantalla hasta que Laurent encuentra la otra mitad de su alma en Veronique (Alice Dubois).

Café de Flore resuena con ecos de El tiempo es un sueño, de Henry de Montherlant, y Vallée es el celoso guardián de sus oníricos secretos. Hay que verla para amarla sin comprenderla.

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