Cine: Abraham Lincoln: Vampire Hunter

 

Basado en una novela semiburlona

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RENE JORDÁN | CRÍTICO DE CINE

Abraham Lincoln: Vampire Killer es un contrasentido histórico desde el título, basado en una novela semiburlona de Seth Grahame-Smith, adaptada con pretensiones de horror intemporal en un abominable absurdo sin risas o escalofríos.

Una racha de vampiros geográficamente desplazados diezma las filas de los pioneros hasta que un tratado logra exilarlos hacia el Sur, donde se dedican a la trata de esclavos comestibles y luego indirectamente provocan la Guerra de Secesión. Se inicia la trama en Wisconsin con el juvenil Abe defendiendo a un negrito de las sádicas crueldades de su amo. El vampiro esclavista se cobra el desafío matando a la madre de Lincoln.

El misterioso Henry Sturgess (Dominic Cooper), experto en vampiricidio, instruye a Abraham en cómo liquidar a sus enemigos con hacha de filo de plata. En otras películas del género, la bala de plata era recurso de licantropía, trasladable a los zombies y ahora a los vampiros sureños, pero da igual cuando faltan hombres-lobo.

Aspiraciones políticas llevan a Abe a Washington, en cuyas calles monta persecución a caballo digna de un Oeste desplazado y cae inerme de un profundo precipicio. Viste la tradicional capa negra y sombrero de copa, en la presencia incongruente de Benjamin Walker. Elimina a Rufus Sewell y Erin Wasson con especial atención a Marton Csokas, el asesino de su mamá.

El director ruso Timur Bekmambetov filmó Night Watch y Day Watch en Moscú, de donde Hollywood mandó a reclutarlo por su habilidad de acumular muertes a plazo fijo.

El proximo crimen público se anuncia cuando la Primera Dama, Mary Todd, le dice al Presidente: “Apúrate que llegaremos tarde al teatro”.

Quizás insinúan que John Wilkes Booth era vampiro esclavista, tatarabuelo de Drácula, pero nada es imposible en este indiscriminado disparate.

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