Cine: 'The Broken Circle Breakdown'

 

Melodrama en tono de bluegrass.

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Por Pilar Ayuso

El amor y el dolor están estampados en las dos caras de la historia de Elise y Didier. Ambos, jóvenes, sencillos y con muchas ganas de amar, oriundos de un pueblito belga, viven un romance hermoso, entonado por la música country y la cultura americana que les apasiona. Ella (Veerle Baetens) es tatuadora y tiene la piel adornada de coloridas figuras. El (Johan Heldenbergh) lleva barba, botas y sombrero vaquero, vive en una caravana y toca el banjo en su banda de bluegrass. De esta unión nace Maybelle (Nell Cattryss), la pequeña y encantadora cowgirl, criada entre el amor familiar, la amistad y las bellas canciones.

Pero la vida les tiene reservado el mayor de los sufrimientos. Y la película, que desde sus primeras escenas, en continuada sucesión de flashbacks –por cierto, muy bien integrados a la historia–, ya viene anunciando la desgracia, cae en un túnel dramático cada vez más hondo y de él no podrá salir.

The Broken Circle Breakdown ( Alabama Monroe), dirigido por Felix Van Groeningen, presentado por Bélgica a las nominaciones a los Oscar, está basado en la obra de teatro homónima de Heldenbergh y Mieke Dobbels. Se trata de un espectáculo duro de roer para quien va al cine en busca de entretenimiento ligero. El melodrama es a pulso y aplastante, riza el rizo de lo doloroso, no se contenta con romper el círculo de amor que enlaza a los personajes sino que lo despedaza, sin piedad con ellos ni con el espectador, hasta dejarnos un mal sabor de desesperanza, muerte y desolación. El filme se ocupará de mostrarnos que la vida puede llegar a ser patética.

Tal vez este juego medio masoquista con los sentimientos, de una historia que se regodea en el dolor humano: la enfermedad, la muerte, el suicidio, sin ahorrarse detalles (la niña sin cabellos; el pájaro muerto), y un desafortunado final, con discurso ético-religioso incluido, en el que lo último que faltaba era la invocación espiritista de un alma vagando por un pasillo de hospital, todo ello estropea un filme con grandes virtudes. Las actuaciones de la pareja protagónica, absolutamente memorables encarnando a los candorosos amantes que ella bautiza como Alabama y Monroe, y especialmente la banda sonora de gran lujo, donde ambos cantan bellísimas canciones escritas por Bjorn Eriksson, atenúan el negro color melodramático de este círculo humano más que roto.

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