The Change-Up

 

Critico de cine: No la salva ni el médico chino

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René Jordán - Especial/El Nuevo Herald

El intercambio de cuerpos y personalidades es uno de los temas más socorridos del cine. Barbara Harris/Jodie Foster y Jamie Lee Curtis/Lindsay Lohan pasaron por eso en dos Freaky Friday, y Peter Ustinov, Roger Livesey, Dudley Moore, Kirk Cameron y Judge Reinhold hacen la lista interminable con títulos como Like Father, Like Son y Vice Versa. Ahora le tocó el

turno a Jason Bateman y Ryan Reynolds.

De las anteriores ya nadie se acuerda, pero The Change-Up es memorablemente pésima. Bateman es Dave, responsable abogado y padre de tres incontinentes nenes. Reynolds es Mitch, modelo/actor desempleado que es su mejor amigo desde el tercer grado, aunque nada tienen en común. Después de un juego de pelota y copiosas cervezas, se unen para orinar en una fuente mágica que trastrueca sus identidades.

Al día siguiente se miran al espejo y ven la misma cara, pero Dave es Mitch y viceversa. El destemplado sinvergüenza va a la oficina del leguleyo y mete la pata hasta la cadera. El serio hombre de negocios accede al set de una película que resulta ser pornográfica. Descubren que perdieron el tiempo deseando la vida ajena, pero la fuente milagrosa ha desaparecido y no pueden exorcizar el maleficio.

El guión es de Jon Lucas y Scott Moore, especialistas en grosería glamorosa desde The Hangover, que fue una joya por comparación. De no muy lejos, llega la inspiración de Judd Apatow, que en este caso contribuye a su mujer (Leslie Mann) para el papel de la esposa de Bateman, que Reynolds codicia por inexplicables razones, ya que tiene a su disposición a Olivia Wilde, ya casi famosa por aparecer cada semana en malas películas.

En los tiempos de estudios esclavizantes, Bateman y Reynolds se hubieran ido a la huelga con tal de no aceptar el fétido libreto. Ambos son competentes y pudieron asumir contrarias personalidades, pero no entre chistes de masturbación y flatulencia, presentados con inexcusable humor de excusado.

David Dobkin dirigió la aceptable Wedding Crashers, pero a The C hange-Up no la salva ni el legendario médico chino. Para los actores, es un castigo inmerecido e involuntario. Lo comparten con el público durante interminables 112 minutos que parecen pasar con lentitud de carcelaria condena. Por mera curiosidad, acaso alguien se leyó lo que estaba escrito antes de siquiera iluminar la primera escena.

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