Boteco

 

Boteco abrió hace dos años y en cuestión de nada se convirtió en punto de reunión de muchos que aman la cultura brasileña.

Boteco
Luana Teves y Marely Muñoz en Boteco. Foto: Alex Mateo de Acosta.
 

Por Eliseo Cardona

 Davi Sargento jura que acude casi todos los fines de semana, por aquello de pensar que nunca ha puesto un pie fuera de su natal Rio de Janeiro. Es una ilusión con la que se da gusto, como la que se recrea al acudir a un carnaval con la misión --si alguna-- de pasarla bien para recargar las energías. No hay mejor paradoja para el brasileño como la de tomarse un descanso dándole diversión al cuerpo y al espíritu.

Es lo primero que se aprecia al acudir a Boteco, el bar/restaurante conocido entre los visitantes asiduos como ``uma pequena embaixada brasileira'' en Miami. Lo segundo que se aprecia de este espacio en el 916 NE de la 79 Calle es que a la gente le gusta conversar mientras escucha buena música.

Y al brasileño, a no dudarlo, le gusta conversar: con volumen alto, con volumen bajo, con calor y humedad. No importa: lo que cuenta en Boteco es la socialización, el juntarse para saber de los demás.

Eso es bueno porque permite conocer a una nación que más que un país, es una estética, un romance que luego uno va convirtiendo en un amoroso aprendizaje sobre su cultura general, sus problemas sociales, sus ambiciones políticas, las pasiones desgarradas del futebol, las músicas que nos deleitan el corazón, o la lengua portuguesa, que según Unamuno es música antes que sistema lingüístico.

"Esto es casa para mí, para mis amigos y mi familia'', dice Sargento. ``Pero sobre todo es Rio de Janeiro''.

Boteco significa bar. Pero como casi siempre ocurre con las palabras portuguesas (cuidado: los brasileños ya dicen ``a lingua brasileira nao é portugues''), boteco tiene también un ritmo interno, una melodía contagiosa, un estímulo que invita a la informalidad, a deslenguarse pues. Es lo que los brasileños llaman ``conversa de botequim'', hablar hasta por los codos, y que los compositores Noel Rosa, Vadico y Francisco Alves inmortalizaron en un delicioso samba.

"Este es un lugar que tiene charme'', dice Antonio Nogueira, un mecánico que suda la gota gorda mientras se come un plato de feijao tropeiro, rociado generosamente con la famosa pimenta malagueta; es decir, el placer del diablo en el cuerpo. ``El charme se consigue con el ambiente adecuado, gente linda, buena comida, buena cerveza, buenas caipirinhas''.

Tal vez no haya mejor definición para Boteco, que abrió hace menos de dos años y en cuestión de nada se convirtió en punto de reunión de muchos que aman la cultura brasileña. Poco importa que esté ubicado lejos de la acción rutilante de South Beach y que de noche sea un punto luminoso en una zona que es boca de lobo; Boteco es un poderoso imán que atrae lo mismo a brasileños que echaron raíces en Miami como a miamenses que han echado raíces en un Brasil de postalita.

"El lugar no es pretencioso, y eso es lo que justamente invita a visitarlo'', dice Elba Moreira, que esta noche de viernes vino desde Fort Lauderdale con su esposo a desgustar la picanha fatiada na chapa (carne asada con yuca).

Cuentan los asiduos que la oferta musical del lugar es variada: desde un grupo de jazz comandado por el pianista Antonio Adolfo hasta un cantor que desgranda covers de Caetano Veloso, Zeca Baleiro, Djavan, Chico César, Gilberto Gil y otros titanes de la MPB. Sin ánimo de imponer gustos personales, invito a buscar a la cantante Rose Max acompañada por la guitarra del siempre imaginativo Ramatis Moraes; ambos saben recorrer con destreza el amplio mapa de bossa novas y sambas del país.

El local cuenta con un patio amplio, donde la gente se sienta a comer en grupo toda la clase de platos típicos. Algunos recomiendan el Camarao alho e oleo (camarones con aceite y ajo servido con papas); otros, la calabresa acebolada (salchicha con cebollas). y otros más el Bolinho de bacalhau (croqueta de bacalao). Todos aseguran que es apenas una pequeña parte del universo gastronómico brasileño.

En el interior de Boteco, el ambiente es más de conversación, aunque se compita con un bar que hierve en el lleva y trae de los bartenders y las voces de gente que pide caipirinhas, caipiroskas, vino o cervejas. Contrario a los muchos bares cariocas, en Boteco se echa en falta fotos de personalidades brasileñas, afiches, símbolos que abren ventanas a la cultura del país.

En cambio, el interesado en estos asuntos puede divertirse apuntando las marcas de cachaças: Bela Vista, Velho Barreiro, Verde Amarelha, Aroma Brasil.

El compositor Ary Barroso, que vivía escribiendo en los bares cariocas, especialmente en el Bar Luiz, decía que los botequims necesitan de un samba. Y razones no le faltaban. En Boteco se acude para conocer un poco de un país que sabe contar bien sus historias a través de su música.

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