Artes y Letras: Eugenio Granell

 

La imaginación como instrumento

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CARLOS M. LUIS | ESPECIAL/EL NUEVO HERALD

Corrían los primeros años de la década de los años 60 cuando tuve ocasión de conocer en Nueva York al poeta Claude Tarnaud y a su esposa Hélene de Champrel, quienes me presentaron a Eugenio Fernández Granell (La Coruña, España, 1912-2012) y a su esposa Amparo. Entre los cuatro Martha y yo, se estableció pronto una relación amistosa que duró hasta la separación que llevo a los Tarnaud de regreso a Francia y a los Granell a España en 1969, mientras que nosotros tuvimos que carenar en Miami 10 años más tarde.

Menciono este encuentro porque a mi llegada a Nueva York quise tomar contacto con los surrealistas que allí vivían, entre los cuales se encontraban el poeta francés y el pintor español. Si el primero había pasado por las eternas depuraciones que afectaban al grupo surrealista, el segundo alejado de esas controversias, se mantuvo dentro del movimiento a pesar de las distancias que separaban a Nueva York de París.

Eugenio Granell nacido en La Coruña, había pertenecido a las filas de POUM durante la guerra civil española. El triunfo del fascismo en su país natal lo llevó al exilio, primero a París donde se encontró con Wifredo Lam, después de paso a Chile y finalmente a Santo Domingo, donde formó parte como violinista, de la orquesta sinfónica de ese país. En Santo Domingo entra en contacto con Alberto Baeza Flores y junto a él y otros poetas fundan la revista La Poesía Sorprendida abriéndole sus páginas a los poetas de Orígenes sobre todo a Lezama Lima.

André Breton a raíz del armisticio que pusiera fin a la Segunda Guerra Mundial, pasó antes de marcharse a París, por Haití y Santo Domingo teniendo ocasión allí de conocer personalmente a Granell. El periplo que este pintor tuviera por tierras americanas no se detuvo sin embargo, en Santo Domingo. En 1946 se trasladó a Guatemala, pero tuvo que marcharse de ese país en 1950, ante la persecución de los comunistas y la censura de su proyecto de editar Artes y Artistas de Guatemala. Finalmente alcanzó tierras estadounidenses estableciéndose en Nueva York, no sin antes haber dejado una secuela de exhibiciones en Santo Domingo, San Juan, Guatemala, Nueva York y en París, donde fue invitado por Breton a participar en la muestra internacional que los surrealistas organizaran en 1947 dedicada al esoterismo.

Eugenio Granell fluye pues entre su militancia política y su apego al movimiento surrealista que le ofreciera las “armas milagrosas” como hubiese dicho Aimé Cesaire, para realizar su arte. En tanto que surrealista, su extensa obra que incluye objetos y collages, ha sido reconocida a nivel mundial. Pero Granell no se atuvo sólo al arte pictórico: poeta y novelista publicó varios libros como su bello ensayo Isla Cofre Mítico (1951) La Novela del Indio Tupinamba (1957), o Lo que Sucedió (1968), que le valió el premio Cervantes. Muy inclinado hacia el teatro, realizó trabajos de escenografía. De hecho la Fundación Granell (inaugurada en 1995 en Santiago de Compostela) dedicó una exhibición titulada Granell y el Teatro.

Han pasado muchos años desde que por primera vez entrara en su apartamento de Riverside Drive en Nueva York, encontrándome allí con mementos surrealistas y su pintura cargada de vibraciones mágicas. En ese apartamento lo escuché narrar sus experiencias durante la Guerra Civil Española y sus desencantos con la corrupción de los ideales revolucionarios que lo llevaron a tomar las armas a favor de la república. Pero su fidelidad a los postulados del surrealismo, siempre se mantuvieron intactos.

Nuestras conversaciones en compañía de los Tarnaud y de otros surrealistas que siempre andaban de paso por Nueva York, solían apuntar a la apertura que Breton -a pesar de sus momentos de intransigencia- había dejado en el campo de la imaginación. Más que un refugio, la imaginación constituyó para Eugenio Granell, un instrumento de exploración hacia nuevas regiones aún por descubrir en la geografía mental que cada artista o poeta elabora para sí.

Lo recuerdo entonces con su fino sentido del humor y su aguda visión de los acontecimientos que plagaban la sociedad en que vivíamos, defender a capa y espada los derechos de la poesía. Esa defensa suya se plasmó indeleblemente en su obra, brindándole a la misma un sello peculiar donde podemos sorprender rasgos de la tradición barroca española, creencias esotéricas, aves míticas, y todo ese entramado de hallazgos sorpresivos que forman parte de su creatividad. Las numerosas exposiciones que recientemente han tenido lugar tanto en Francia como en España en homenaje a su obra, atestiguan acerca de la presencia de uno de esos artistas que calladamente se han labrado un sitio en la historia del arte moderno.

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