Arte: Muestra de abanicos

 

Artistas cubanos en la Torre de la Libertad

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SARAH MORENO | SMORENO@ELNUEVOHERALD.COM

El abanico que se expone hasta hoy en la Torre de la Libertad fue sin dudas pintado por Cundo Bermúdez. Tiene el trazo y los tonos ocres que usaba el maestro. Pero una inscripción en el estuche que lo protegió por más de 60 años propone un misterio sobre las damas que una vez aliviaron con su ayuda las calurosas tardes habaneras: “Este abanico lo llevó mi madre, Sra. De Lorenzo, el día de su boda, y lo heredó su nieta Silvia Amalia”.

Otro abanico, con el sello característico de la pintura de Wifredo Lam, refleja un hermoso rostro de mujer, que después de algunas averiguaciones se sabe es la segunda esposa del pintor, la alemana Helena Holzer. Pero aun así el bello objeto no tiene la firma del surrealista cubano. Nada prueba que él lo pinto y sólo alguien facultado para autenticar su obra puede afirmarlo.

Estos misterios son un reto para cualquier curador, y así lo asumió Gustavo Orta, que dedicó dos años a organizar la exposición Fans Forever, que expone desde el 20 de septiembre en la Torre de la Libertad del MDC 50 abanicos realizados por 48 artistas cubanos.

“El abanico es de Lam. Me lo confirmó su hijo Eskil”, contó Orta, explicando que supo que el rostro era de Holzer porque es el mismo que aparece en un dibujo que Lam le regaló a la escritora Lydia Cabrera en los años 1940, cuando Lam estaba casado con la bella alemana.

Para Fans Forever, una especie de caja de Pandora de la pintura cubana, Orta se inspiró en una exposición de abanicos celebrada en julio de 1943 en el Lyceum and Lawn Tennis Club de La Habana, una institución fundada en 1939 por mujeres mecenas de la cultura en la isla.

Los abanicos, una prenda femenina que homenajeaba a las organizadoras de la exposición, fueron pintados, además de por Lam y Bermúdez, por René Portocarrero, Mario Carreño, Mariano Rodríguez, Carlos Enríquez y Felipe Orlando. Las piezas se crearon con el objetivo de recaudar fondos para la restauración de la iglesia de Santa María del Rosario, llamada “la Catedral de los campos de Cuba”, espléndido ejemplo del barroco criollo.

“No se sabe en cuánto se vendieron los abanicos, pero entonces un [Rafael] Soriano se vendía en $60 y un Antonia Eiriz en $50”, dijo Orta, tratando de dar una idea del valor de las piezas.

Orta leyó por primera vez sobre la exposición en el Lyceum en un Anuario Cultural de Cuba de 1943 que adquirió en eBay. El próximo paso para organizar una exposición similar fue conseguir la colaboración de pintores cubanos contemporáneos.

“A Tomás Sánchez lo vi en Miami y le dije que iba a organizar la exposición”, contó Orta sobre el pintor, que reside en Costa Rica. “Un día me llama y me dice: ‘¿Estoy a tiempo de hacer el abanico? Por la tarde ya lo tenía; en un día lo hizo”, amplió Orta, que adquirió los abanicos de seda en Vietnam y se los fue enviando a los artistas para que dibujaran lo que quisieran.

De París Gina Pellón le envió un abanico que solo una mujer pudo imaginar, con un mundo de figuras que flotan en el rosado. Gustavo Acosta, en Miami, recreó una vez más un pedazo de esa Habana que habita su obra. Julio Matilla, desde Biarritz, Francia, recreó el Trópico con una luz que sólo vio en su casa en Camagüey. Héctor Molné, desde Costa Rica, dibujó el rostro de su hija Bumba.

La muestra, que concluye hoy con una recepción de 3 a 5 p.m., reúne desde jóvenes representantes del arte cubano: César Santos, de 30 años, y Li Domínguez Fong, 34 años, hasta los más veteranos, Roberto Estopiñán, de 91 años, y Antonio Vidal, de 84 años –el último del grupo Los Once–, que reside en Cuba.

También presenta tres abanicos de Mariano Rodríguez, dos de los años 1940, con sus típicos gallos y bailarinas coloridos, y otro de 1960, que muestra una faceta menos conocida del pintor: ese mundo oscuro, sabio y fluido que conoció cuando fue Consejero Cultural en la India.

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