Arte: A la altura de mi padre

 

Ferrán Martín, el fuego que edifica

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JANET BATET | jbatet@hotmail.com

Los que visiten la muestra A la altura de mi padre, presentada por Farside Gallery, convendrán en que la primera y más auténtica sensación que se experimenta en la sala es la de incomodidad, seguida ésta por la de cierto grado de desconcierto y, luego, por la reflexión.

El responsable de todo este tropel de emociones es Ferrán Martín (Sevilla, 1968), cuya obra constituye una revisión de los valores que sostienen la cultura occidental contemporánea, específicamente, aquellos que herederos de las nociones positivista y racionalista que enarbolara el modernismo, entran en directa confrontación con el individuo.

En Farside Gallery, Martín ha descendido ex profeso el techo de la galería, reduciendo la altura del recinto a la incómoda medida de 162.5 cm (5.3 pies); obligándonos con ello a encorvarnos mientras avanzamos por el espacio vacío y nos devanamos los sesos.

La interesante intervención arquitectónica es un homenaje a Manolo Martín, padre del artista, cuya estatura –162.5 cm– se corresponde con la altura promedio de los españoles.

Pero, como en casi toda la producción de Ferrán, la carga subjetiva o personal en A la altura de mi padre, es parte de una relación dual fundamental entre lo personal y lo público, encarnado aquí lo público a través de la referencia directa a Le Modulor, el sistema antropométrico propuesto por Le Corbusier, aclamado arquitecto modernista, para aplicar a las industrias de la arquitectura y el mobiliario.

Inspirado en los estudios renacentistas, Le Modulor inicialmente se apoyaba en la estatura del francés promedio (1.75 m). Sin embargo, en 1946, Le Corbusier rectifica el sistema de medidas y propone Le Modulor 2, basado en una medida ideal de 6 pies que se corresponde con los ideales de belleza inherentes a la regla áurea tan extendida en arte.

A la altura de mi padre pone en tela de juicio los numerosos sistemas “ideales” concebidos a espaldas de nuestra existencia, forzando al humano a amoldarse y actuar en función de sistemas preestablecidos, cuando debería ser justo en el sentido inverso.

La intervención de Ferrán Martin también alude, claro está, al cubo blanco –la galería– en cuanto a espacio enrarecido y símbolo de aura.

En este sentido, se impone hacer referencia a otra obra , Le modulor, video que documenta el performance realizado por el artista en 2001, en Nueva York, a tan sólo un año de su llegada a la ciudad donde todavía hoy reside.

Durante el performance, Martín se colocó en la cabeza un cubo hecho a base de espejos. El resultado de la interacción con el entorno en la que el artista no podía ver nada es una serie de erráticos incidentes en los que el afán del sujeto por mimetizarse con el ambiente que desconoce, termina por atomizar la individualidad del sujeto que reproduce indiscriminadamente –y superficialmente– su entorno. Como consecuencia, la pretendida asimilación conduce al inevitable aniquilamiento.

Durante la inauguración de A la altura de mi padre, que se hizo coincidir con la fecha de celebración de las fallas valencianas, Martín creó una falla que hizo arder hasta consumirse en el patio de la galería.

Las fallas son una tradición muy arraigada en los pueblos valencianos que data del siglo XVII. También conocidas como fiestas josefinas, esta celebración está dedicada a San José, patrón de los carpinteros. Generalmente hechas a base de madera y papier maché, las fallas son de dimensiones colosales y su cuidadosa confección puede tomar hasta un año para después arder al fuego hasta consumirse enteramente.

El padre de Ferrán, conocido por sus innovaciones, era uno de los más prestigiosos maestros falleros. Ferrán pasó varios años de su adolescencia ayudando a su padre en su taller. Fue allí que aprendió el oficio del artesano, antes de recibir instrucción formal en Bellas Artes.

La falla creada por Martín hijo, de forma rectangular, simple y sin adornos, es el más perfecto símbolo de la comunión entre Ferrán y su padre.

Simbiosis entre escultura efímera contemporánea y tradición artesanal milenaria, entre alta cultura y artes populares, entre el viejo y el nuevo mundo, la obra cautivó a toda la audiencia reunida que en círculo se conglomeró en torno a la hoguera purificadora.

Tal vez es esta la razón por la que Ferrán repite una y otra vez sus fallas que se convierten en una suerte de acto propiciatorio, o dádiva en la que el artista, como pretexto, nos ofrece su vivencia personal invitándonos a revisitar nuestra propia historia y abrazarla.

El próximo 24 de mayo el espacio experimental The Cave@ Big-E Studio, ubicado en Little Haiti y bajo la dirección de Glexis Novoa, presentará una falla de Ferrán Martín, tal vez la primera falla en un interior de que tengamos noticia.

El sintomático título de la intervención, May the Bridges I Burn Light the Way, (Tal vez las naves que quemo aligeren el camino) hace alusión no solo a la determinación y perseverancia de este artista, sino al deseo de lograr entendimiento y diálogo, dos elementos cruciales subyacentes en toda suproducción.

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