Arte: Kim Sooja

 

El arte de hilar puentes en el Miami Art Museum

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JANET BATET | jbatet@hotmail.com

La transitoriedad es, sin lugar a dudas, uno de los rasgos más distintivos de la sociedad contemporánea. Este sentido de fluir constante que el preclaro sociólogo polaco Zygmunt Bauman definiera como modernidad líquida, implica nociones de precariedad, vulnerabilidad y decadencia que también definen al individuo contemporáneo, atrapado la más de las veces en vínculos y redes humanas efímeras e intrascendentes.

La obra de Kim Sooja (Taegu, South Korea, 1957), se instala justo en medio de este complejo entramado de relaciones donde el yo parece diluirse en medio de la marea humana. Tal es el sentido de la sobrecogedora muestra Kimsooja: A Needle Woman (Kimsooja: Una mujer-aguja), abierta al público en el Miami Art Museum (MAM).

A Needle Woman, realizada entre 1999 y 2001, es una emotiva video-instalación compuesta de ocho videos proyectados sincrónicamente sobre las paredes. Cada uno de estos videos tiene como escenario la bulliciosa plaza pública de una gran urbe del planeta: El Cairo, Nueva Delhi, Lagos, Londres, México DF, Nueva York, Shanghai y Tokio.

En ellos, sistemáticamente, Sooja se coloca inamovible, de espaldas a la cámara que registra en unos pocos minutos (generalmente siete) el agitado ir y venir del enjambre humano que apenas si repara en el gesto de la artista, trastocando así la voluntad de presencia de esta, en ausencia involuntaria.

El hecho de que Sooja haya escogido una vestimenta austera (ropa gris de mangas largas) y que se ubique de espaldas a la cámara que, a su vez, está emplazada a la altura del plano medio cinematográfico (de la cadera hacia arriba), contribuye a la sensación de inmersión que caracteriza a esta instalación en la que el espectador, sin proponérselo, pronto suplanta al personaje encarnado por la artista, para vivir de este modo la experiencia de atomización del yo.

La propuesta de Kim Sooja comprende una subversión fundamental del performance o acción plástica. En sus piezas, la acción es suplantada por la inacción, siendo esta inactividad cargada de sentido y generadora de una tensión entre el yo y el otro quien potencia, en definitiva, la acción y sentido último de la obra.

En el caso específico de A Needle Woman, el flujo perpetuo parece por momentos engullir la imperturbable figura que, resuelta, persiste en su inmovilidad evidenciando, así, su soledad en medio del torrente humano.

Aun cuando puedan inferirse diferentes matices culturales entre una y otra ciudad, el dónde y el cómo son aquí secundarios. Lo único que realmente cuenta es la alienación del ser contemporáneo, la anulación del individuo en medio de la denominada aldea global.

La obra de Kim Sooja, quien reside entre Nueva York, París, y Seúl, comenzó a llamar la atención de la crítica hacia la década de los años 90.

Su trabajo, que combina el performance, la instalación y el video, está interesado en la exploración de polaridades significativas de nuestra época, tales como naturaleza vs sociedad, tradición vs contemporaneidad, individuo vs colectividad, público vs privado, culturas orientales vs occidentales, entre otras. Estos pares en tensión persiguen siempre la restitución de esa armonía prístina esencial que se nos escapa.

Tal vez por ello, el posicionamiento artístico de Kim Sooja renuncia a la pretensión de creación y originalidad, entregándose con humildad y respeto a la recuperación de objetos de la vida diaria, generalmente telas que ya han sido usadas y que tienen de por sí, una alta carga simbólica y humana.

Tal es el caso, por ejemplo, de sus Bottaries. El bottari es un envoltorio típico coreano hecho con telas de vibrantes colores. Usualmente en él se guardan pertenencias de poco valor. Sin embargo, esta extendida tradición, usada también para empacar durante los cambios de residencia, deviene símbolo de lo transitorio, de ese ser desplazado y nómada que encara la sociedad coreana, pero también, la sociedad contemporánea. Desde el punto de vista simbólico, el bottari, se convierte en el último refugio identitario, donde el individuo atesora su pasado, y aquilata su futuro.

En 1997, Kim Sooja realizó un viaje de 11 días a lo largo de Corea en una carreta donde llevaba varias decenas de bottaries. El video resultante muestra a la artista, otra vez invariablemente de espaldas, en su travesía o marcha errante a través del país.

Otras, veces, Sooja presenta abiertos sus bottaries compuestos de objetos encontrados en pulgueros en sus periplos por diferentes ciudades.

En el 2010, Kim Sooja realizó Mandala: Chant for Auschwitz. La instalación, presentada como parte de la Bienal de Poznan, Polonia, ocupó la que antiguamente fuera oficina de Hitler en Zamek, Poznan.

Confeccionada enteramente a partir de ropas, calzado y juguetes usados, la instalación contrasta con la arquitectura fascista del lugar de paredes marmóreas, elevado puntal, hieráticas pilastras y soberbios cortinajes rojos. Mientras, en el centro, como homenaje propicio, aflora este mándala como canto a la vida, realizado por monjes tibetanos.

La obra de Kim Sooja tiene mucho de hilandera o costurera. Como si en cada hallazgo, la artista procurara restaurar con sus manos maravillosas hebras perdidas, imperceptibles hilos que, cual cauce subterráneo, dan sentido a nuestro paso errante por la tierra. •

Janet Batet es escritora, curadora y crítica de arte. Escribe de arte para diferentes publicaciones, galerías y museos.

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