Arte contemporáneo de la Colección Farber

 

La presentación en el Lowe Museum de tres décadas de arte contemporáneo cubano nos abre la posibilidad de ponderar sobre la evolución de la pintura cubana.

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Amelia Pelaez (Cuba 1896-1968)
 

Por Carlos M. Luis

El arte de coleccionar que despunta en el Renacimiento, encontró en el siglo XX dimensiones insospechadas. Si el afán de lucro, el esnobismo o la búsqueda de un estatus social contribuyó al auge de ese fenómeno, otros factores como el auténtico fervor por el arte, no deben ser desechados. Algún día muchas colecciones privadas irán a parar a los museos para beneficio de la comunidad. La presentación en el Lowe Museum de tres décadas de arte contemporáneo cubano, perteneciente a la colección Farber, nos abre la posibilidad de ponderar sobre la evolución de la pintura cubana de estos últimos 30 años.

Toda colección de arte es un organismo viviente que crece y se ramifica bajo el cuidado de quien o quienes la adquirieron. Esto requiere que, así como en la medicina existe lo que llamamos el ojo clínico, se desarrolle en el coleccionista el ojo crítico que sepa discernir lo que es importante y lo que no lo es. Es imposible naturalmente acertar siempre. Hemos visto que durante todas las épocas, los criterios estéticos han ido variando --enriqueciéndose o empobreciéndose-- bajo la tiranía de la moda. La muestra del Lowe es un caso elocuente de cómo alguien que había comenzando adquiriendo arte chino contemporáneo, abandonó esa línea para penetrar en el área del arte cubano de las últimas tres décadas. Penetrar en ese territorio resulta escabroso, dadas las circunstancias en las cuales se produjo el boom del arte cubano, tanto el realizado en la isla, como fuera de la misma. Creo que en ese sentido una de las ganancias de la exposición, radica en que no discrimina entre los artistas que residen en Cuba, y los que escogieron la vía de la diáspora. El común denominador que los une es la radical ruptura con la visión edénica que los pintores cubanos cultivaron antes de la revolución. Ruptura que surge bajo una óptica que recorre la gama que va de la crítica social al kitsch.

Aquellos que surgimos dentro de una coyuntura anterior a la que dio al traste con la república, percibimos la realidad cubana moldeada por los pintores que intentaron interpretarla generalmente bajo una temática con rasgos nacionalistas. Los ensayos de Lezama Lima o de Guy Pérez de Cisneros sobre Portocarrero, Mariano, Amelia Peláez, etc. son significativos a ese respecto. A principios de los años 50 también vimos surgir otra tendencia --la abstracta-- que reaccionó contra semejante interpretación. El primero de enero de 1959 le imprimió un nuevo rumbo a ese proceso. Rumbo que tras numerosas alzas y bajas, vio el nacimiento de una pléyade de artistas que utilizando el lenguaje de las últimas vanguardias, se pronunciaron contra una circunstancia indefendible. El lenguaje que muchos de los pintores utilizó a partir de la década de los años 80, poseía elementos ya conocidos desde la Edad Media: lo grotesco como comunicación de un mensaje. Habría también que añadir, que el arte de los cubanos comenzó a ser vendible a nivel mundial, convirtiéndose en un objeto de cambio entre los dealers, casas de subasta y coleccionistas. Todo esto exige una reinterpretación que poco a poco va saliendo a la luz, a medida que muestras como la del Lowe, nos pone en contacto con esa rica producción.

¿Cómo es que se ha venido articulando la exégesis de una realidad que pasó de ser amable a otra de carácter a ratos pesimista y procaz? La respuesta, que posee indiscutibles tintes políticos, revela por otra parte, la gestación de un idioma plástico que responde a un modo de ser peculiar del cubano. Lo que descubrimos en muchas obras de la exposición, es precisamente una tendencia a desdorar la realidad, mediante imágenes que poseen algo de caricaturesco. Y es aquí donde me parece despuntar una peculiaridad común a todos los cubanos, los de ``la época de antes'' y los de ahora: lo desmesurado caricaturesco. La caricatura que desde el siglo XIX floreció en Cuba, siempre encontró con la ayuda del eterno choteo cubano, una vía para expresarse. No todo desde luego cae dentro de esa categoría. Pero el mosaico de interpretaciones de la realidad que sugiere la exposición, nos deja la impresión que lo que se ha venido gestando en la plástica cubana reciente, abre todo un abanico de preguntas cuyas respuestas irán apareciendo mientras la sepamos percibir criticamente.

Independientemente de la variedad de tendencias que una colección (aún en proceso, pues podríamos añadir una larga lista que pintores que no se encuentran representados) está mostrando, el impacto visual que se desprende de la misma reside en una expresión vinculada a las vanguardias (o transvanguardias) de otras latitudes. Esto nos incita a rastrear sus raíces históricas. Por otra parte no podemos olvidar que en Miami existen otros pintores y escultores que paralelamente se abrieron camino con una expresión propia, que deben ser también mostrados al público dentro de ese contexto, para completar nuestra visión del arte cubano. De todas formas nos encontramos frente a una exposición que reclama ser asumida por sus indiscutibles logros.

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